Trabajo Social y nuevas situaciones de crisis

Domingo, 02 Octubre 2016 20:48   Javier Sebastián Opinion
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Una de las potencialidades del Trabajo Social como disciplina científica y actividad profesional, es su capacidad para desarrollar procesos de atención integral centrados en personas y familias que se encuentran en situaciones de conflicto y malestar, bien por la fragilidad que produce la marginación o exclusión social, bien por haber perdido la capacidad de autonomía personal o familiar. Una de estas situaciones, que viene demandando una mayor atención profesional durante los últimos años, es el fenómeno de la pobreza sobrevenida.

En las últimas décadas, la pobreza iba asociada generalmente a situaciones de marginalidad y circunscrita por lo general a grupos de población desfavorecidos. Se consideraba como residual en nuestras modernas sociedades avanzadas, con tasas reducidas de desempleo que afectaban a grupos concretos de población y en las que, gracias al crecimiento económico, se podía garantizar la seguridad y el bienestar de la mayoría. En los últimos años, esta misma sociedad ha sufrido un profundo cambio, sobre todo por la emergencia de una importante crisis financiera y económica que ha incrementado la pobreza, la desigualdad y la precariedad, y ha disminuido los elementos de protección hasta ahora existentes. Todo esto ha originado una nueva relación con la pobreza, que añade a los grupos ya desfavorecidos un importante y creciente número de individuos y familias que nunca han tenido contacto con ella. Sea cual fuere su posición social de procedencia, estos individuos han perdido el empleo y han descendido bruscamente en su posición socioeconómica, con el coste personal y familiar que esto conlleva. Se ha generado, por tanto, una nueva zona de riesgo psicosocial que acoge a estos grupos frágiles y vulnerables (en muchos casos familias con menores y adolescentes, estos últimos en ocasiones, reivindicando su estatus perdido al que ya no tienen acceso), sin capacidad para planificar su futuro y que, de prolongarse esta situación, pueden caer en procesos de exclusión social. La pobreza y la exclusión social ya no son exclusivas de grupos marginales, este fenómeno es expresión de la nueva sociedad del riesgo.

Ante todo ello, la intervención desde el Trabajo Social ha de trascender la mera demanda económica y la gestión de prestaciones para la satisfacción de necesidades básicas; hecho este que se resolvería con la implantación de una renta básica no condicionada, ajena a los sistemas de intervención social o psicosocial. De este modo y desde esa capacidad de atención integral antes mencionada, debe centrarse  en la intervención con personas y familias mediante el desarrollo de  metodologías y técnicas de acompañamiento y soporte individual; en la intervención  grupal con personas afectadas, con objetivos socio-terapéuticos y de ayuda mutua; y generando a nivel comunitario espacios públicos de participación para la expresión del malestar y la reivindicación y búsqueda de alternativas. Teniendo en cuenta, en todo este proceso de intervención, los factores que diferencian a la pobreza clásica de la pobreza sobrevenida.

Este sufrimiento y crisis personales constituyen la cara oculta del fenómeno del desempleo y de su compañera la pobreza. Intervenir solamente sobre su cara visible de carácter económico o de necesidad material, supone condenar a la marginación y al sufrimiento a un gran número de personas y dejarlas sumidas en la ignorancia y en la impotencia.

Javier Sebastián