El Alcalde de Albacete, Javier Cuenca, ha anunciado que la pareja formada por Dolores Gómez del Valle y Alberto de La Torre son los Manchegos de la Feria 2015, durante el acto de proclamación celebrado esta noche en la Plaza del Altozano, amenizado por la Banda Sinfónica Municipal.
Además, Javier Cuenca ha señalado que las parejas formadas por Cristina García y Alfonso López, y Nieves Picazo y Manuel Candel, son los Manchegos de Honor de la Feria de este año.
El alcalde de Albacete ha dado la enhorabuena a las tres parejas de manchegos, asegurando que "vais a tener el gran orgullo y el privilegio de ser los embajadores de la mejor Feria del mundo, así como de nuestras tradiciones y de nuestra cultura".
Según ha apuntado Javier Cuenca, "el Ayuntamiento ha preparado una Feria para cada uno de los albaceteños", convencido de que "la generosidad, amabilidad y hospitalidad de los albaceteños van a estar presentes".
Además, el alcalde de Albacete ha agradecido la participación de las 31 personas que se han presentado a la convocatoria de este año para optar a ser Manchegos de la Feria, destacando la elevada participación que ha registrado con respecto a la edición anterior, en la que se presentaron 23 aspirantes.
Durante su intervención, Javier Cuenca ha deseado una "feliz Feria" a todos los albaceteños y "que la Virgen de Los Llanos nos proteja".
Acto del pregón
El pregón de la Feria 2015 estuvo protagonizado por José Francisco Roldán y de él dijo el alcalde Javier Cuenca que es “ un pregonero de excepción para nuestra Feria y para todos los albaceteños".
Además, el alcalde de Albacete ha destacado que el pregonero es una persona comprometida con su trabajo, que vela de manera incansable por la seguridad de todos los albaceteños, desde su cargo como Jefe Provincial de la Policía Nacional, con el objetivo de hacer de Albacete un lugar mejor en el que vivir y una de las ciudades más seguras de España.
Texto del pregón:
PREGÓN FERIA 2015
En primer lugar, debo agradecer al Ayuntamiento de Albacete, con su alcalde, Don Javier Cuenca, a la cabeza, la designación para semejante honor, como es el ser pregonero de nuestra querida feria. Como no podría ser de otro modo, agradezco la propuesta del grupo Ciudadanos, que decidió fijarse en este albaceteño para otorgarle tal dignidad.
En estos días he tenido la oportunidad de comprobar la gran cantidad de amigos con los que cuento. Tesoro de incalculable valor que me ofrece su apoyo y respaldo sincero para afrontar un reto como éste. Los más forofos, como no podría ser de otro modo: mi familia. No quiero dejar a un lado, porque merecen atención, a la inmensa mayoría de mis compañeros, muchos de ellos, también amigos. Me reafirmo diciendo que me llevo muy bien con los mejores. Tengo muy claro dónde están los buenos.
Desde este balcón, que tanta historia acapara, no puedo por más que recordar a nuestro inigualable Pepe Isbert que, interpretando a un alcalde de excepción, se asomaba a un lugar parecido para dirigirse a la buena gente que esperaba su discurso. Y es en este instante, cuando expreso mi reconocimiento a tantos pregoneros que me han precedido durante las ferias de nuestro pasado común.
Deseo hablar a la mejor gente, a los que habitan una ciudad sin igual. En realidad, la mayoría no somos más que emigrantes, que nos incorporamos a esta empresa, que es mi Albacete, para engrandecerla. Una mezcla de seres irrepetibles, que han conformado la belleza de esta ciudad, abierta, acogedora, que abre sus brazos para recibir a quienes tenga la buena idea de visitarnos.
La feria es un reflejo de Albacete. No hay modo de separar dos historias paralelas, entrelazadas por una larguísima trayectoria. No hay que insistir demasiado sobre la modernidad de una villa como la nuestra, porque es verdad, pero podemos equivocarnos. Hay que leer a nuestros eruditos, los que indagaron en documentos lejanos, que tradujeron modos de escribir distintos, para traernos, perfectamente digeridos, los antecedentes de nuestra tradición. Debemos repasar los escritos de historiadores como Alfonso Santamaría, Aurelio Pretel, García-Saúco, Miguel Panadero, Vicente Carrión o Daniel Sánchez Ortega, entre otros, que nos permitirán comprender y valorar de dónde venimos y las enormes vicisitudes que vivieron, sufrieron y gozaron nuestros antepasados. Y no hay que alargarse en los años para comprobar el esfuerzo y sacrificio de tantas buenas personas imaginando un futuro como el que ahora, como presente, disfrutamos, aunque haya razones, también, para no olvidar las penurias que una parte de nuestros paisanos soportaron y aún arrastran como consecuencia de las complicaciones sociales o económicas.
No debo entrar en lo que han escrito otros, y muy bien, de los que he bebido con interés, pero es conveniente saber que nuestra feria se inicia en el siglo XIV, que se celebraba en la Plaza Mayor, espacio reducido, en torno al cual aparecían los gremios relacionados con caballerías, carros y demás utensilios que servían para comprar, vender y, sobre todo, cambiar. Es bueno saber que la feria, con Albacete, debió soportar grandes epidemias, infortunios del terreno en el que ha estado ubicada, y la climatología.
La feria, en un momento determinado, aparece vinculada a nuestra Virgen de Los Llanos, la patrona de Albacete. Y es junto a su capilla, a una legua de distancia, donde está actualmente la finca Dehesa de Los Llanos, cuando se desarrolló y creció la feria, bajo el control de Los Franciscanos, que construyeron su convento.
Durante muchos años se celebraron dos ferias, una en Los Llanos y otra en la ciudad. El litigio culmina por decisión del Consejo de Castilla y la construcción de un recinto, que continúa en el mismo lugar. Espacio único, singular, paradigmático, impresionante, un recinto del que nos sentimos muy orgullosos y nos encanta mostrar y explicar.
El pregonero ha servido, y aún lo hace en algunos pequeños pueblos, para dar noticias a sus vecinos. Supongo que ha existido desde que hay agrupaciones humanas, pero documentado aparece en el Imperio romano, con el que llega a España. Como es lógico imaginar, en todo este tiempo, hasta bien entrado el siglo XX, la mayoría de los habitantes de nuestra tierra eran analfabetos y carecían de instrumentos para la comunicación, lo que precisaba el uso oral. Actualmente, poco tiene que hacer un pregonero cuando la información sobre nuestra Feria se difunde por cualquier medio de comunicación social, incluso, con un folleto que aglutina datos, fechas y horarios de la enorme cantidad y variedad de tantos acontecimientos.
Nuestra feria es conocida en todo el mundo, aunque mucho mundo está por venir aún. En realidad, y no es sólo mi caso, muchos albaceteños han hecho y hacen de pregonero continuamente, allá donde estén. La excelente imagen de Albacete se ha forjado con el esmero de tantos paisanos hablando y mostrando, con su modo de comportarse, las bondades de una ciudad y su feria, que ha despertado expectativas en muchos foráneos deseando conocerla. Ese es el procedimiento. Además de las campañas publicitarias de gran proyección mediática, cada uno de nosotros, como pregoneros, debemos seguir como hasta ahora, difundiendo lo mejor, y mostrando el orgullo que sentimos de nuestra Albacete y su feria. Y hablamos de Albacete, no sólo como ciudad, que así debe ser, o su feria, que también lo merece, sino como provincia, porque la feria es de la provincia, como ha sido siempre.
La posición en el calendario fue cambiando. En principio, como en el resto de España, al menos una feria, solía celebrarse al final de las cosechas. No es extraño imaginar una feria al terminar la vendimia. Era la oportunidad de negocio para reconducir la oferta y demanda de artículos, animales y, por qué no decirlo, diversión y holganza, cuando se habían cobrado los dineros. En un momento determinado, la advocación de la Virgen de los Llanos, ubicada el 8 de septiembre, determinó las fechas de celebración; en los últimos años, diez días, entre 7 y 17 de septiembre. Y venían de todos los lugares de la provincia y zonas limítrofes. Era una feria del campo.
No era mi intención hablar de historia, pero no lo he podido remediar, porque es muy bueno conocer de dónde venimos para entender el presente. Porque la feria ha evolucionado. Ya no se trata con animales para trabajar en el campo, ni aperos de labranza, utensilios o menajes de la casa. Tampoco hacen falta los artesanos del hierro para herraduras o carros, pieles, cueros, sogas, aparejos o tantas cosas que se precisaban. La comida y aposento para caballerías; posada, fondas, lupanares, truhanes y tahúres. De todo eso, por imperativo de la industrialización, queda, mejorada en cantidad y calidad, toda la oferta referida a la diversión, en las innumerables representaciones. Entre ellas, permanecen en diverso modo, los lupanares, truhanes y tahúres. Pero es bueno enfatizar que también, y es importante, se mantiene la cuchillería de Albacete, que se desarrolló con fuerza dentro de la feria.
Nuestra feria podría construirse como un juego parecido a la casa de muñecas. Mejor aún, como representación virtual colocando sus componentes de manera superpuesta y progresiva. Sobre el esqueleto de un recinto especial se van colocando los elementos de cada espacio interior, hasta quedar perfectamente conformado. Más tarde, situamos las construcciones efímeras del exterior, recinto o paseo, que iluminamos para dibujar esa enorme sartén, que tantos nos gusta mostrar. Colocamos suministros, personal de servicio de todo tipo, trabajadores, seguridad o limpieza. Vemos que se va llenando la parte trasera del mostrador. Rápidamente situamos a la gente, distribuida en cada hueco que nos deja la maqueta. Suponemos una noche sabatina. No podemos dejar de colocar a los ladrones, que tratarán por todos los medios de sacar provecho ilegal de ese público o feriante, empeñado en divertirse o trabajar. Una vez hemos ubicado todo lo que debe tener, y tiene, nuestra feria, como si de unos polvos mágicos se tratara, habría que espolvorear los sentimientos, emociones y expectativas. Millones de serpentinas invisibles adornando una ilusión colectiva.
La feria es un todo que se compone de muchas ferias, la de cada uno, con sus anhelos, desilusiones, carencias, retos o responsabilidades. Un proyecto de todos para la gloria de una ciudad como Albacete.
Y a ese punto llegamos. Me quedo, entonces, con mi feria. La primera debió ser en 1963. Yo tenía nueve años, era el mayor de cuatro hermanos. El quinto vino años después. Se hace nebuloso un recuerdo poco nutrido. Vivíamos en la calle Onésimo Redondo, ahora se llama Antonio Machado, entre las calles Pedro Coca y Ríos Rosas. Desde mi ventana, que estaba en un bajo, podía ver El Cotolengo y la Residencia. Mis amigos de siempre residían por allí. Nuestro vínculo se refuerza, además de tantas horas de calle, dentro del Colegio Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, verdadero manantial de calidad humana y profesional. El recorrido era sencillo: Ríos Rosas, Pérez Galdós y Joaquín Quijada. Entrábamos al paseo, más o menos, por la Tómbola de Caridad. Mi padre solía comprar algunos boletos. Y siempre tocaba algo. Ahora, en estos años, la tómbola ofrece un porcentaje muy alto de premios. Cuatro niños queriendo montar y poco dinero para hacerlo realidad. Paseos infinitos para mirar, escuchar y , sobre todo, envidiar.
El recuerdo más lejano se sitúa en el año 1964 o siguiente. Fui a la feria por la mañana con mi abuelo Fermín. Venía de Fuente Carrasca, una aldea de Molinicos, donde siguen ancladas mis raíces desde hace más de 300 años. Mi abuelo, de joven, fue resinero y carretero. -En los años veinte traía madera de aquellos montes para construir la plaza de toros; se hospedaba en la Posada del Rosario-. Recorríamos el recinto. En la entrada, sentadas junto a las puertas de hierro, unas mujeres de larga saya vendían buches de agua; cobraban una perra, me dicen que chica; yo pensaba que era de las gordas. En el círculo intermedio le gustaba mirar aperos de labranza y trilla, que tanto tuve la oportunidad de utilizar, porque los veranos vivíamos en la aldea, donde acumulábamos salud para todo el año. Recuerdo que compró una horca y una pala para ablentar. Quiero hacer memoria para localizar cuándo se compró una navaja. En realidad se compró varias navajas en distintos años. Una de ellas, cuando consideró que tenía la edad apropiada, como si entregara una reliquia, me la dejó para cortar aquella chulla de jamón con tocino, que hacía cuerpo con la rodaja de pan casero.
A mi abuelo le gustaba mirar en La Cuerda, donde se negociaba con caballerías, imprescindible necesidad para la vida en el campo. Observaban herraduras y dentadura para comprobar edad y salud, ajustaban un precio y se echaban la mano. Yo también llegué a tiempo de ver aquella feria tan antigua, tan lejana, aunque no tanto.
Los años pasaban para la feria, y este adolescente, que ahora habla algo más mayor, dejó de acudir con su abuelo o su familia para ir en grupo, con los amigos de siempre: Juan Pedro, Enrique, Víctor, Pedro, Troyano, Paco y otros que fueron intercalándose en esta buena armonía. Son años en los que una nebulosa me impide entrar en detalles importantes. Los coches de choque era el punto de encuentro de chavales como nosotros, donde la música estridente nos permitía perder las horas sin necesidad de gastar. Seguimos, por tanto, mirando, escuchando y envidiando, porque en el interior del recinto había bailes, más o menos privados. El pabellón de la Base Aérea, donde ahora está ubicada la caseta del Partido Socialista, refulgía con luz propia para dejar entrar a la gente más guapa.
Reconozco que en algún momento de esos años, no puedo concretar, me enfadé con la feria. Me iba al Parque Abelardo Sánchez refunfuñando. Con limitado bolsillo tratábamos de comer algo, y la mayoría de las terrazas nos engañaban con descaro. La Cuerda suponía una aventura de la que podrías salir bien escaldado. Algunos camareros, adiestrados en el timo, parecían bandoleros emboscados asaltando livianas fortunas. Los carteles anunciaban comida con reclamo: Medio pollo y cerveza costaba lo que ponía. El pan iba aparte, pero a precio de oro. Tampoco tengo claro cuándo me reconcilié con la feria. Probablemente en 1970. Paseaba con mi primera novia, la madre de mis hijos. La feria no era más que uno de los escenarios en los que deambulábamos forjando una vida en común. Ahí seguía estando la Tómbola de Caridad.
Entre 1972 y 1973 cobraba facturas de Cafés Paquillo, lo que me permitió conocer muy bien la ciudad donde vivía y, también, disponer de vales regalo para mis amigos en La Feria, que solíamos degustar con soltura. Y es en este momento, cuando, inopinadamente, aparece con fuerza el recuerdo de aquellos vasos de plástico con Cola-Cao. Había perdido ese agradable y fresco sabor de la memoria, pero, efectivamente, sin tener claro a qué edad, yo esperaba mi turno, como tantos, reclamando aquella dosis de energía.
Los horarios, como el negocio de la feria, han evolucionado. En los primeros tiempos se cerraba a las veintidós y abría a las cinco. Hemos ido retrasando uno y adelantando el otro, lo que ha supuesto cumplir el ciclo completo. Realmente no se cierra. Un número elevado de concurrentes solapan, al menos, dos turnos; unen la noche con una mañana luminosa aderezada de churros y diversión.
Además de los enfados y diversión compartida, la feria, o mejor dicho, mi relación con ella, propició uno de los mayores disgustos que he vivido. Pocos conocen una anécdota tan singular. Era el año 1975. Después de dos intentos fallidos, el 5 de julio de 1975 aprobé la oposición para ingresar en el Cuerpo General de Policía. El día 15 de ese mes debía incorporarme, con mi quinta, al Servicio Militar. En el Cuartel de San Francisco, donde ahora está ubicada la Plaza Periodista Antonio Andujar, recogí el petate y escuché, aterrado, la gran cantidad de conductas que se castigaban con pena de muerte. Antes de marchar a Marines (Valencia), me informé sobre los trámites necesarios para comenzar el curso en la Escuela General de Policía de Madrid, cuya sede estaba en calle Miguel Ángel, 5. Nada más llegar al CIR, para desarrollar el periodo de instrucción, informé a los mandos militares mi condición y fecha de ingreso, que debía producirse a primeros de Septiembre. A finales de Agosto se me otorgó el permiso para iniciar el curso, con la obligación de regresar al centro el día de la Jura de Bandera. Una vez cumplido el trámite debería volver a Madrid y completar mi formación dejando pendiente el resto de mili.
En esos dos años precedentes me dedicaba a vender libros, bajo la dirección de mi delegado y amigo, Manolo Martínez, que sigue vinculado a la feria. Editoriales Marín y Airtel me pagaban los porcentajes previstos para un agente comercial que, entre otras cosas, debía hablar mucho para vender. Con mi permiso en el bolsillo y la temeridad del que desea algo sobre todo lo demás, disfruté como feriante -teníamos un stand en el recinto-, y jamás imaginé que mi error tendría semejante trascendencia. El comienzo del curso se retrasó hasta el mes de octubre. No se me ocurrió, o no quise pensarlo, regresar al CIR hasta la nueva fecha, y me quedé en Albacete, con mi novia, mi familia, mi trabajo y mi feria.
Con 21 años, abducido por tantas cosas que quieres y esquivando lo que no me ilusionaba, dejé pasar el tiempo del permiso y agotarlo. La candidez de un pollo, como nos llamaban en la mili, me hizo comentar a mis superiores el retraso del curso. Como era lógico imaginar, no regresar inmediatamente supuso una bronca descomunal. El repaso que me dio el comandante del batallón fue riguroso y adecuado -ahora sí lo entiendo-. Aquella afección por mi feria ocasionó un arresto equivalente a la ausencia injustificada. Fui despojado de los diez días de permiso que daban después de la Jura para incorporarse al cuartel correspondiente, que en mi caso era el Regimiento de Ingenieros de la calle Ruzafa, en Valencia. Además, el arresto incluía la limpieza diaria de los wáteres y la tercera imaginaria de guardia cada noche. Supongo que los que han hecho la mili conocen el tramo horario de la tercera imaginaria. Lloré como un idiota, recostado en mi litera, mientras veía salir a toda la compañía camino de sus casas.
Desde 1975 hasta finales de 1980, venía de visita. Cinco años en los que, me perdí muchas cosas de Albacete y algunos de ellos falté a la feria. Y fue en la feria de 1981 cuando me incorporé en mi doble condición. Ya nunca fue lo mismo. He trabajando en la feria 31 años. En tres ocasiones acudí como un vecino más, años 2005, 2006 y 2007, cuando emigré a la capital de España. He pateado la feria mucho y muchas veces, a todas horas, de paisano o uniforme. He conocido la feria más oscura tratando de que el resto viviera la más luminosa. He peleado con indeseables para restablecer la paz. Y he sentido la satisfacción de ayudar a quién lo necesitó, como tantos otros compañeros de la seguridad, empeñados en velar para que la feria se desarrolle con la placidez que sus visitantes merecen.
Un policía, al menos en mi caso, debía cumplir doble turno, el profesional y el familiar. Había que trasnochar o madrugar, según las necesidades de uno y otro. Y algo que siempre reconoceré: en caso conflicto, y de eso sabemos mucho los policías, el turno familiar perdía. He llevado a mis tres hijos a la feria. Han formado parte de la cabalgata en algún año. La menor, incluso, ha participado en ese muestrario alegre de algarabía social, vestida de manchega, como ahora mi nieto. Como miembro del Club de Tenis de Albacete aproveché intensamente nuestra caseta en los ejidos, como tantas agrupaciones culturales o lúdicas que hicieron nacer esa zona para distracción de familias y amigos. Algunas quedan, otras fueron arrastradas por diferentes conceptos de negocio, tan legítimos como ellas.
Para tantos visitantes, albaceteños o no, cualquiera que sea su trabajo o condición, la feria ofrece multitud de oportunidades, que se pueden disfrutar durante los tres grandes turnos del horario. Con arreglo a la edad y circunstancias, unos, como es mi caso, apreciamos el recinto por la mañana, cuando el suelo está mojado, los árboles desperezándose y el sol anunciándose entre sus hojas. Otros no verán la luz del sol hasta que amanezca. La mayoría tratará de cumplir con los tres, a retazos, para deleitarse en esta diversión popular y compartida.
Desde cualquier parte del mundo, donde me estéis escuchando o viendo. Bajo el manto protector de la Virgen de los Llanos, nuestra patrona, pregono con fuerza:
¡Venid hasta Albacete! ¡Acercaos a la feria! ¡Ya no cabe en su lugar! ¡Buscad en otros sitios, la feria se ha derramado por la capital! ¡En el parque Abelardo Sánchez se acomodan bailes y esos veteranos de la vida, que nos dejaron el testigo plácido de sus conquistas! ¡Recorred otras plazas y calles! ¡Saboread los aromas de una tierra generosa! ¡Dejad que los aprecios y amores iluminen vuestras paradas y fondas! ¡Venid a la feria! ¡Seguro que habréis de regresar!
¡Viva la Virgen de Los Llanos! ¡Viva la Feria de Albacete!