Opinion

La educación: un “bien verdadero”

Emiliano García-Page | Sábado 24 de enero de 2026

Cada 24 de enero, la comunidad internacional se detiene a mirar aquello que, aun siendo cotidiano, sostiene silenciosamente todo lo demás: la educación. No es una efeméride retórica.



Es una fecha que nos recuerda que educar no es un gesto accesorio ni un servicio más, sino la condición de posibilidad de una sociedad libre, justa y democrática. Como recuerda la UNESCO, sin educación no hay desarrollo sostenible, ni igualdad real de oportunidades, ni ciudadanía crítica.

Educar es siempre una tarea compartida y, al mismo tiempo, profundamente humana. La pensadora política Hannah Arendt advertía que se puede enseñar sin educar, pero no educar sin enseñar. En esa distinción late una verdad esencial: la educación no se reduce a la transmisión de contenidos, sino que implica acompañar, orientar y ofrecer sentido. Educar es ayudar a comprender el mundo y a comprenderse en él, es ofrecer herramientas para pensar, para convivir y para decidir con responsabilidad.

Nuestro alumnado no es un mero destinatario pasivo del conocimiento. Es, y debe seguir siendo, el centro del sistema educativo. Niñas, niños y jóvenes que llegan a las aulas con preguntas, inquietudes, miedos y talentos diversos. Sabemos —y la ciencia lo confirma— que aprender es un proceso activo, emocional y social. Por eso, la educación de hoy no puede basarse en la repetición mecánica ni en el silencio impuesto, sino en la curiosidad, el diálogo, la cooperación y el pensamiento crítico. Educar es enseñar a preguntar, incluso —y sobre todo— cuando no tenemos todas las respuestas.

En ese camino, el profesorado ocupa un lugar insustituible. Enseñar es un oficio paciente en una época acelerada, un oficio que trabaja a largo plazo en un mundo que exige resultados inmediatos. Las y los docentes organizan el saber, lo relacionan, lo contextualizan y lo humanizan. Enseñan para la libertad, no desde la complacencia, sino desde la exigencia justa; no desde la indiferencia, sino desde el compromiso. Ninguna tecnología, por avanzada que sea, podrá sustituir la mirada que detecta una dificultad a tiempo, la palabra de ánimo necesaria o la firmeza educativa cuando es imprescindible.

La educación, además, no se agota en las aulas. Se construye cada día en las familias, en los centros culturales, en las bibliotecas, en el deporte, en el arte y en la convivencia cotidiana. Es un entramado colectivo que transmite valores, memoria y futuro. Como escribió Hesíodo hace más de dos mil años, la educación ayuda a las personas a ser lo que son capaces de ser. Esa idea, antigua y vigente, nos recuerda que educar no es moldear, sino abrir posibilidades.

En Castilla-La Mancha sabemos que la educación es un “bien verdadero”: nadie puede arrebatarnos lo aprendido, lo pensado, lo comprendido. Por eso, este Gobierno regional mantiene un compromiso firme con una educación pública de calidad, inclusiva y equitativa. Invertir en educación es invertir en cohesión social, en igualdad y en futuro. Es apostar por centros mejor dotados, por profesorado formado y reconocido, por inclusión educativa y por oportunidades reales para todo el alumnado, viva donde viva y sea cual sea su punto de partida.

Hoy, Día Internacional de la Educación, es un día para agradecer y para reafirmar convicciones; para agradecer al profesorado su profesionalidad y vocación, a las familias su implicación constante y al alumnado su esfuerzo diario; y para reafirmar una idea sencilla y poderosa: la educación no es solo preparación para el mañana, es ya una forma de construir el presente. Porque educar es cuidar, es proteger y es confiar. Y porque una sociedad que educa es una sociedad que no renuncia a sí misma.

Emiliano García-Page Sánchez

Presidente de Castilla-La Mancha