Hacia una regresión galopante

Por Miguel Ángel Vicente
miércoles 29 de agosto de 2018, 04:08h

Todos conocemos, al menos someramente, la teoría de la Evolución de las Especies, de Charles Darwin, con énfasis especial y determinado sobre el ser humano, en el sentido de que éste, desde su aparición en la Tierra (al menos, que se tengan noticias contrastadas y científicas fiables) hace unos cuarenta mil años, paulatinamente ha presentado un cuadro de, digamos, superación, en el sentido de progresión, pasando del homínido prácticamente de cuatro patas e incapaz de caminar erguido, durante una lenta evolución, hasta llegar al prototipo actual, salvando la teoría de que el hombre desciende del mono, acaso por ser éste el que fisiológica y físicamente absorbe el mayor parecido entre sí, si bien siempre se ha puesto de manifiesto que el macaco carece de la inteligencia que se predica del ser humano, si bien es cierto que, en no pocas ocasiones, debemos hablar de la inteligencia de los animales, llamados irracionales, y no pocos humanos carentes de esa pretendida inteligencia y su racionalidad inherente a la misma, y ejemplos para justificar este aserto tan cierto es que el hombre (en su vertiente de varón y hembra) realiza actos, poniendo en peligro su propia vida, la cual pierden en no pocas ocasiones, y, sin embargo, los animales irracionales no ponen en peligro su vida y su seguridad gratuitamente, por el prurito de alcanzar un hito, también, en no pocos casos, absurdos.

Quizás, por su reciendumbre, y como un ejemplo de lo que es capaz de urdir y pergeñar el hombre en su caletre, podríamos significar o señalar el llamado “balconing”, consistente en tirarse a pelo, es decir, sin protección de ningún tipo, generalmente en bañador, desde una azotea o desde un piso lo más alto posible, para acabar aterrizando, más bien, amerizando, en una piscina (piscineando), el cual ha rebrotado, con intensidad, este año en hoteles de Baleares y que ya se ha cobrado la nada despreciable cifra de seis víctimas mortales, sin contar con las que se desgracian, temporal o permanentemente, por la gracia de querer hacer gracia, valga la redundancia, ante los amigos y extraños. Bien es cierto, que los practicantes de este execrable e irracional “deporte”, por lo general, lo realizan en estado de importante y fuerte embriaguez de alcohol o drogas, o de ambas cosas a la vez, que es lo más normal y cuando el hombre deja de ser hombre y se convierte, no en un animal, que los animales no son tan torpes ni mentecatos de incurrir, ni de lejos, en estos imprudentes (por calificarlos suavemente) actos, ya que no se conoce en la historia la existencia de animales, distintos del hombre, que arriesguen gratuitamente su vida (nunca se verá a una perdiz, por ejemplo, a la vista de un águila, salir de su lugar de ocultación y llamar la atención de la rapaz, a ver si la pilla). Así, la sexta víctima, en lo que va de curso, ha sido la de un alemán que, apenas, con unas horas de estancia en España, el lunes 20 de este mes de Agosto, se precipitó al vacío desde la duodécima planta del hotel en que se alojaba, caída mortal en el acto. Tenía 23 años. ¡Qué pena de jugarse la vida, tan inútil como imbécilmente, poniendo punto y final, de esta manera tan trágica y dramática, a quien tenía toda la vida por delante!. Esta, como hemos dicho, es la sexta víctima mortal, ya que otras cuatro personas más fallecieron tras precipitarse de terrazas en hoteles y apartamentos de Magaluf, y un menor, de 14 años de edad, murió tras caer de un segundo piso en un hotel de Playa de Muro. Y se han registrado al menos, una docena de heridos graves por caídas desde establecimientos de Mallorca e Ibiza. Y es que, el abuso del alcohol y la droga, hace perder el juicio y la razón, amén del miedo, a tales sujetos, que se creen, si salen ilesos, los amos del mundo. “El consumo de drogas (y yo diría que también de otras sustancias – alcohol principalmente) hace asumir conductas de altísimo riesgo que no tendrías en otras circunstancias, sobre todo cuando se trata de gente joven”, explica Miquel Roca catedrático de Psiquiatría y decano de la facultad de Medicina de la Universidad de las Islas Baleares. Lo que contrasta, abiertamente, con ese mantra que se trata de extender sobre la faz de la tierra, de que la juventud actual es la mejor y más preparada de todas las generaciones habidas, aunque, desde luego, no se demuestra con estos suicidas actos, a los que habría que añadir la complicidad y la permisividad respecto del botellón, en los que miles de jóvenes, la mayoría menores de edad, muy menores de edad, dan rienda suelta al bebercio de alcohol, puro y duro, hasta caer redondos al suelo y ser objeto de un coma etílico, mientras los padres y la autoridad competente miran para otro lado, y no les preguntes a los progenitores, cuya respuesta es siempre la misma: “¿Mi hijo?. No, mi hijo ¡noooo!, que yo le conozco muy bien y, además, siempre me cuenta la verdad”. Y el que quiera peces, que se moje el culo, o a otra cosa mariposa.

Estas y otras muchas situaciones nos llevan a dar la razón a un estudio publicado por investigadores del Ragnar Frisch Center para la Investigación Económica en la prestigiosa revista PNAS (Proceedings of the National Academy of Sciences) que ha detectado que desde la Segunda Guerra Mundial, hasta hace poco más de treinta años, el cociente intelectual del ser humano crecía casi tres puntos por año, sin embargo, desde entonces desciende siete puntos cada década, por lo que a partir de 1.976 se aprecia un declive de al menos siete puntos por generación en el cociente intelectual, o lo que es lo mismo, queramos reconocerlo o no, que desde ese año cada generación es siete puntos “menos inteligente”, o hablando en romance paladino, “más tontas”, que la anterior. Y no parece que en el horizonte más inmediato se atisben signos de que la cosa pueda cambiar, antes al contrario, puede que sigamos en ese vertiginoso descenso intelectual, lo que bien podría ser y podríamos, sin paliativos, hablar de que el hombre, tan inteligente como se cree, esté cavando su propia tumba a este respecto, pasando de una evolución progresiva a una irreversible y galopante involución, o sea, que bien podríamos estar volviendo a lo dicho al principio, a volver a movernos a cuatro patas y a parecernos cada vez más a quien se toma como nuestro ancestro, el mono.

Y quizás, o sin quizás, todo ello se deba a que se ha abierto la puerta al principio de que “todo vale”, pudiendo ser un buen ejemplo de este “laisser faire, laisser passer”, de esa complacencia con lo inocuo, lo inane, lo huero y vacío, el nuevo máster que la Universidad Autónoma de Madrid se propone impartir este año, para masterizarse como “influencers”, precedido de Intelligence y seguido de Fashion & Beauty, todo lo cual suena muy “in”, muy “guay” y muy “progre”, y cómo no, muy Fashion, como su propio nombre indica. Será directora Honoraria Agatha Ruiz de la Prada y en el cuadro de profesores, entre otros, destacan, con luz propia, Jossie, estilista y televisivo periodista de moda, otra estilista muy televisiva, Cristina Rodríguez, y el reconocido diseñador, Modesto Lomba. No es de extrañar que en el ámbito académico haya chirriado este parto con cesárea y hayan puesto el grito en el cielo, ya que llama la atención que el único requisito para acceder al curso sea ser mayor de 18 años y tener cuenta en Instagram y Smartphone, no requiriéndose ninguna formación previa ni selectividad alguna.

O sea, que al paso que vamos, en este país (aún hoy, a duras penas, llamado España) y en este mundo, acabará en que no cabrá un tonto más, y lo peor del caso, es que estamos encantados de habernos conocido y no se ve en el horizonte estrategia o movimiento alguno para paliar, primero, y eludir, después, este aciago futuro que le espera al ser humano, el cual, como señala muy certeramente, nuestro refranero, tan certero como puñetero, “es el único que tropieza dos veces (y más, añado yo) en la misma piedra”.

Albacete, a 29 de Agosto del año 2.018.

MIGUEL-ANGEL VICENTE MARTINEZ.

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