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Transparencia

miércoles 28 de noviembre de 2018, 05:04h

Desde todos los entornos, internos y externos, de los Partidos Políticos, se proclama a voz en grito lo que ya se ha convertido en un mantra, tal que, en los mismos, tanto como Entidades, como respecto de sus miembros, ha de presidir el principio, elevado a fundamental y poco menos que sagrado, de la TRANSPARENCIA, en un alarde de ofrecer a la ciudadanía una imagen limpia, nítida e impoluta, de las cuentas y bienes de unos y otros, de manera que quede desterrado de los mismos toda duda u oscuridad sobre las dichas cuentas y bienes, que todo quede claro y cristalino a la luz y a los ojos del pueblo llano y sencillo, que, como ocurre casi siempre, por no decir siempre, parece estar eternamente durmiendo el sueño de los justos y, al menos, en este país, aún hoy, a duras penas, llamado España, manteniendo una actitud pasiva ante las cargas, supresión y violaciones de sus derechos fundamentales por parte de la clase política, la cual, desde su podio de poder ilimitado, “manu militari”, somete al populacho, convirtiéndolo en un páramo de bueyes amanerados y sumisos, que doblan la cabeza hasta rastrear el suelo y, a veces, el subsuelo, dejándose pisotear y echando sobre sus espaldas todo lo que a bien tengan sus señorías, encumbradas en la picota de sus poltronas de oro y diamantes, aceptando todo sin rechistar, a rajatabla y musitando el dicho conformista e indigno que reza “virgencica, virgencica, que me quede como estoy”, dando gracias a Dios por no tener que acudir en masa a comer las migajas que caigan de las mesas de los ricos epulones, y al abrevadero como una piara de cerdos, bueyes u ovejas, convirtiéndose en un pueblo que se humilla, dejando en almoneda el canto de libertad y esperanza que recogiera nuestro inmortal poeta oriolano, Miguel Hernández, en su grito contenido en “Vientos del Pueblo”: “Vientos del pueblo me llevan,/ vientos del pueblo me arrastran, / me esparcen el corazón/ y me aventan la garganta./ Los bueyes doblan la frente, impotentemente mansa,/ delante de los castigos:/ los leones la levantan/ y al mismo tiempo castigan/ con su clamorosa zarpa./ No soy de un pueblo de bueyes,/ que soy de un pueblo que embargan/ yacimientos de leones,/ desfiladeros de águilas/ y cordilleras de toros/ con el orgullo en el asta./ Nunca medraron los bueyes/ en los páramos de España./ ¿Quién habló de echar un yugo/ sobre el cuello de esta raza?/ ¿Quién ha puesto al huracán/ jamás yugos ni trabas, / ni quién al rayo detuvo/ prisionero en una jaula?..”. O como dijera otro inmortal poeta, Federico García Lorca, “Se acabaron los hombres que iban por el monte solos, están los cuchillos tiritando bajo el polvo”.

Pues sí, señores, parece que en contra de lo parangonado por nuestro indicado poeta, este pueblo dobla impotente y mansamente la frente y se deja blandir un yugo sobre sus espaldas, lo que le impide levantar la frente y mirar al frente, valga la redundancia, con orgullo y haciéndole permanecer con la mirada fija sobre el suelo de la piel de toro, mientras se deja ningunear, torear, desmadejar, marear e, incluso, cuando a quien corresponde le venga en gana, recibir un rejón infausto sobre sus espaldas. Pero, en estas estamos, cuando nuestros gerifaltes asaltan el poder y se consideran investidos, por el hecho de salir elegidos por unas papeletas, del don divino, que les faculta para hacer de su capa un sayo, mientas adormecen, con adormidera o no, generalmente a través de programas televisivos de la peor jaez, de la incentivación de los espectáculos de masas, como el fútbol, ya metido hasta en la sopa y que tienden a colaborar a fin de extraer de la mente humana la capacidad de raciocinio, la capacidad de pensar y de razonar, convirtiendo al pueblo en eso, en una masa amorfa de carne y huesos, que baila al son que le tocan en cada momento y con la música que más convenga a los prebostes de la clase política, haciéndole creer, para más escarnio, que cada uno de los componentes de esa masa inerme y desarmada, tiene en sus manos la posibilidad de influir y cambiar el panorama político con su voto en tiempo electoral, en ese otro mantra que se traga como ruedas de molino, de que el día de las votaciones constituye “la fiesta de la democracia”, asumiendo, a pies juntillas, los dicterios de los gobernantes y creyéndose ser pieza fundamental en el engranaje de lo que llamamos, eufemísticamente, democracia. Y el resultado es que así nos luce el pelo.

Pues bien, en ese arduo fin de adormecer a las masas inanimadas, movibles como marionetas, arrumbadas en el rincón del olvido entre elección y elección y rescatadas en el momento de la votación, y como una manera más de anestesiar al ciudadano, ya, desde tiempos del inefable Presidente del Gobierno José-Luis Rodríguez Zapatero, se pergeñó aquél bodrio dirigido al “buen gobierno del Gobierno de España”, a modo de catecismo recordatorio, que podría resumirse en la máxima ridícula, absurda, grotesca, extravagante y estrafalaria, de que “el político no debe robar”, tal cual si, en este País, reitero, aún hoy, a duras penas, llamado España, no hubiera existido jamás un Código Penal, castigando al ladrón, ni siquiera el recuerdo del séptimo mandamiento de la Ley de Dios; y en esa vorágine se han venido dirigiendo los sucesivos Gobiernos de España, tratando de embaucar al pueblo con normas de esta índole, tendentes a hacer algo para que nada cambie y todo siga igual, en relación con los tejemanejes y cambalaches de nuestros políticos, que en estos temas se mueven como pez en el agua y buscan la escapatoria a sus fechorías por la puerta de atrás, mientras el populacho celebra alborozado y con aspavientos de constituir la esencia de la acción política, este espectáculo, y que andando por este camino de desmierde y desmadre político, culminó con la implantación como tipo penal de “la financiación ilegal de los partidos políticos”, como si hasta entonces, las ilegalidades de choriceo, fraude, extorsión y latrocinio en general de esos entes, gozaran de impunidad, cuando dejaron a España y a los Españoles al borde de la extinción. Y todos tan contentos, porque o cuando se cometieron las tropelías no existía ese punto penal de que “desde los Partidos Políticos no debían robar” o bien porque pudiendo acogerse al tipo penal general, la acción ya habría prescrito.

Y es que hay que tener en cuenta que los Partidos Políticos son verdaderas sectas o, más bien, mafias, de poder, y el que no ande con ojo puede quedar defenestrado y arrojado su cadáver a los buitres, tal como ya ha ocurrido en casos vergonzantes, tales como los de Rita Barberá o el más reciente de María-Dolores de Cospedal. Se exige sumisión absoluta, no levantar la voz y, a poco que te descuides, pagar el pato, mientras la plana mayor se va de rositas.

Y, ahora, en un paso más abracadabrante, en ese tejemaneje de hacer las leyes a la medida de los Partidos Políticos, el PSOE, el PP, Ciudadanos, el PNV y los nacionalistas catalanes, le han hecho un roto monumental, de escándalo, a la Ley de Protección de Datos. Esa Ley cuyo incumplimiento por un ciudadano de a pie supone una pena más grave que las tres penas de prisión permanente revisable que le han sido impuestas al asesino de Pioz, y que le deja marcado para el resto en la imposibilidad de volver a levantar cabeza.

Ahora, sus señorías, por ser vos quien sois, por bemoles más grandes que los del caballo del Espartero, se permiten el lujo de, en período electoral (y una vez cogida carrerilla, seguro que se queda para los restos, haya o no elecciones) hacer uso y abuso de los datos personales de los españolitos de a pie volcados en las redes sociales, a fin de poder bombardearles por tierra, mar y aire con las bonanzas de sus pérfidas, pervertidas y falsas propuestas; o sea, se permite, en definitiva, a los Partidos Políticos o Agrupaciones Electorales, que tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando, rastrear datos personales y opiniones políticas de los usuarios en páginas web y redes sociales, sin previa autorización de éstos, lo que supone la gota que colma el vaso, a fin de elaborar perfiles ideológicos durante los períodos electorales, lo que, como en cualquier cabeza con dos dedos de frente captará, supondrá que esos datos y perfiles ideológicos se almacenen y se utilicen para fines distintos de los electorales, vulnerando, tanto en su caso, como en otro, los derechos fundamentales de los ciudadanos, que podrán ser bombardeados, sin piedad ni sin límite, sin capacidad de oposición y resistencia, por Whatsapp, correos electrónicos, pasando por las cuentas de las redes sociales, contraviniendo los más elementales principios de privacidad y de cualquier otra índole, creando no poca alarma social, a lo que la propia Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) con un morro que se lo pisa y vendiendo su alma al diablo, incumpliendo gravemente la función que fundamenta su existencia, por ilusa o por cómplice, o por ambas cosas a la vez, ha salido por peteneras diciendo que “El proyecto solo permite la recopilación por parte de los partidos políticos de datos personales relativos a opiniones políticas para obtener información que les permita pulsar las inquietudes de los ciudadanos con el fin de poder darles respuesta en sus propuestas electorales” (¡menudas inquietudes de los ciudadanos inquieta a la clase política!), lo que ya es el colmo de la desvergüenza y la cara dura. Cuando debería ser al revés: implantarle a los políticos un chip detrás de la oreja, que permitiera a cualquier ciudadano, a cualquier hora de las veinticuatro que tiene el día, poder visualizar las andanzas de sus señorías, sin límite alguno, estén donde estén, hasta sentados en el inodoro cagando o fornicando en la cama. Desde luego esto encajaría perfectamente con el carácter de “hombres (y mujeres) públicos” que se predica de los políticos. Pero, en fin, el mundo al revés, y los políticos con licencia para entrar a saco hasta la cocina de los ciudadanos. ¡Bendito País, aún hoy, a duras penas, llamado España, del que no nos salva ni la Macarena ni la Comunión de Todos los Santos!.

Todo este balamio, desconcierto y desmadre, puede resumirse, muy claramente, con el ingenioso chiste que firma Caín, en el “Diario el País” de hace un par de semanas, en el que un cariacontecido militante, que podría ser de cualquier partido político, confiesa: “UNA TENDINITIS ME DEJÓ FUERA DEL PARTIDO. YA NO PODÍA APLAUDIR AL LÍDER CON EL ENTUSIASMO DE ANTES”. Más claro, agua.

MIGUEL-ANGEL VICENTE MARTINEZ

28 de noviembre de 2018

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