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Radiografía de un país (II)

miércoles 23 de enero de 2019, 04:52h

Finalizábamos el artículo anterior reseñando el gusto que por los baños de masas, poco menos que como estrellas de la canción o del cine, tenían y tienen los jerifaltes de los partidos políticos, lo cual llevan a cabo convocando regularmente a los militantes y simpatizantes en reuniones mil, sin sentido ni justificación alguna, sino, sola y meramente, para comparecer ante ellos como dioses, a fin de conseguir esa aclamación y glorificación, ese regusto por el aplauso fácil y forzado, de su clak, hasta la extenuación, buscando casi una adoración o veneración, reservadas a los dioses, creyéndose ellos mismos encarnados en éstos y, por tanto, con la capacidad para decidir acerca del bien y del mal, sintiéndose imprescindibles para lograr el bienestar de los comunes, expeliendo proclamas y consignas para dorar los oídos de su auditorio, cuyos integrantes son proclives a tragarse ruedas de molino o carros y carretas, sin entrar al análisis de las promesas que les hacen para regalar esos oídos, comportándose en esos auditorios como verdaderos zombis, como personas poseídas por un espíritu, que les subyuga y les secuestra el arte o facultad del raciocinio, la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, y que acaban con las manos, poco menos, que maltrechas, con los dedos como dátiles, dado que cada cinco segundos, tienen que interrumpir al líder, con aplausos escandalosos (¡pobre del que se abstenga!), quizás, incluso, sin oír ni entender lo que les tratan de inculcar o insuflar, sintiéndose halagados, si, en un momento concreto, logran que ese líder les eche la mano, y no digamos ya el éxtasis, si el mismo les besa y/o abraza, como si les reconociera y supiera quién es el pobre diablo que de tal guisa se da por pagado y satisfecho.

Y, por su proximidad a estos textos, ahí tenemos, como ejemplo vergonzante para toda persona que, a día de hoy, sea capaz de mantener intactas sus facultades mentales y su rebeldía a dejarse comer el coco, la Convención Nacional del Partido Popular, que se ha celebrado, a bombo y platillo, este pasado fin de semana, en la Feria de Madrid (que ya el nombre es sintomático y muy indicativo), en la que han ido desfilando uno a uno, los jerifaltes del Partido, que de una u otra manera, han dirigido el mismo y de rebote también a España, contribuyendo en buena medida a la situación actual de indignación y quiebra en que se ha sumido a España y a los españoles, tanto por acción como por omisión, y que no tienen vergüenza de comparecer en público ante su público, valga la redundancia, cuando debieran guardar un silencio sepulcral y evitar salir a la luz pública, aun cuando la verdad es que lo hacen ante una masa, casi enfervorizada, a la que previamente le han calentado el ambiente, para mayor gloria y relumbre del Partido y de sus mandamases. Y así, de esta guisa, los dos últimos Presidentes con mando en plaza y en el Gobierno, José María Aznar y Mariano Rajoy, que cubrieron dos etapas fundamentales en la nueva era de lo que llaman democracia, engañándose a sí mismos, o sea, las etapas que van desde 1.996 a 2.004 y 2.011 a 2.018, dentro de las cuales llegaron a conseguir sendas mayorías absolutas, especialmente absolutísima la conseguida por Don Mariano Rajoy en su primer ciclo, malgastando y desbaratando la confianza que en ellos fue puesta por una inmensa mayoría de españoles, por lo que llueve sobre mojado y lleva a risa y escándalo, que los mismos concernidos, ahora a buenas horas mangas verdes, proclamen que hay que votar al PP, como único Partido capaz de sacar a España y a los Españoles del atolladero en que ellos mismos (con la inestimable ayuda de Don José-Luis Rodríguez Zapatero) nos metieron, pareciendo reivindicarse como el único Partido útil para tan ingente labor, y subrayando, entre líneas, las palabras que más de una vez llegó a pronunciar la exSecretaria General del Partido, María-Dolores de Cospedal, de que “los únicos buenos… (en este país, aún hoy, a duras penas, llamado España y en el que como vaticinara, el inmortal poeta Antonio Machado, “una de las dos Españas ha de helarte el corazón”)… son los del Partido Popular”, reivindicación realizada por el exPresidente José-María Aznar, que “reclamó el voto para el PP, único Partido capaz de sacarnos de la situación en que nos encontramos” (así, más o menos), apareciendo algo más comedido (quizás por sus recientes fiascos) el exPresidente Mariano Rajoy, cuya intervención se centró en una a modo de entrevista que le hizo la aún Presidenta del Congreso de los Diputados, Ana Pastor, con preguntas a huevo como podemos imaginar, tal como se las ponían a Fernando VII.

Esa Convención, dicen, que para el rearme ideológico del Partido, cuestión que parece olvidárseles fácilmente, pues ese rearme no debería ser necesario en un Partido serio y formal, con unos valores y principios sólidos, firmes e inmutables, por los que luchar a capa y espada, mas lo que ocurre es que esos valores y principios parecen ser olvidados por quienes alcanzan la importante y fundamental función de ostentar el Poder y asir la Presidencia del Gobierno, gobernando no sólo para los afines (que, a veces, incluso, son olvidados), sino también para los contrarios, si es que de verdad quieren ser creíbles y gozar de la simpatía y admiración de la generalidad de la población española. Mas, cuando el Poder se utiliza para fustigar y, en no pocas ocasiones, putear a la ciudadanía, los resultados ya los tenemos a la vista, sin que quepan a estas alturas de la película disculpas y explicaciones fuera de lugar y de tiempo, y, sobre todo, cuando los interfectos no son capaces de hacer autocrítica y apuntarse en su debe los equívocos y tropelías, voluntarias o involuntarias, cometidas en el legítimo ejercicio de la tarea de gobernar. Si así fuere, sí que podríamos compartir con el plomizo mantenedor de la Convención, Alberto Núñez Feijóo, ese orgullo que decía sentir y debieran sentir todos los militantes y simpatizantes del Partido Popular, dicterio que repitió hasta la saciedad, para lo cual debería haber hecho mención y autocrítica acerca de los numerosos casos de corrupción en que el Partido Popular se metió hasta las trancas, y en los que está inmerso y que se irán desgranando en vía judicial paulatinamente y, parece, que casi sin solución de continuidad, mas parece que los jerifaltes peperos acudieron con la consigna de no mentar la soga en casa del ahorcado, aunque si con estos mimbres y parámetros quiere el Partido, ahora en manos de un sonriente impertérrito Pablo Casado, el hombre del pinganillo, encantado de haberse conocido y disfrutando como un chiquillo con zapatos nuevos, que se comporta como el sastrecillo valiente, dispuesto a luchar él sólo contra los gigantes, reinventarse o rearmarse ideológicamente, faena tienen por delante y la cuestión se me antoja un tanto como los trabajos de Persiles y Segismunda, no consiguiendo sino desfallecer en el intento.

Por cierto, no sé si recordarán aquella otra refundación que, a manos de Mariano Rajoy, ya intentó el Partido de sus amores, desechando la Gaviota como logo del Partido, sustituyéndola por la Encina, árbol de madera dura, según palabras del propio entonces Presidente del Partido y del Gobierno, Mariano Rajoy, el cual ha durado menos que un caramelo a la puerta de un colegio, aunque bien es cierto, que parece existir una cierta vergüenza, pues el charrán se ha desdibujado, adoptando la forma de una hoz (esperemos que no se les ocurra poner con el tiempo junto a la misma un martillo), y utilizando, más bien, abusando de la bandera española, sobre la cual parece existir una lucha fratricida con Ciudadanos, a ver cuál de los dos partidos patrimonializa su uso. En fin, más de lo mismo y nada nuevo bajo el sol, de conformidad con el adagio o brocardo latino “nihil novum sub sole”.

MIGUEL ANGEL VICENTE MARTINEZ

23 de enero de 2018

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