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En busca de los restos de Lorca (II)

miércoles 11 de noviembre de 2015, 08:29h
Miguel Ángel Vicente
Miguel Ángel Vicente

Dicen que el ser humano es el animal de la naturaleza que tropieza dos veces en la misma piedra, y yo diría, que es capaz de hacerlo tres veces y las que fueran necesarias, para ser distinguido de entre los seres vivos como el más torpe, pese a estar dotado de inteligencia y voluntad. Y en esas estamos, a las puertas del tercer intento de dar con los restos del poeta en Nueva York, Federico García Lorca, cuya búsqueda y hallazgo parece haberse convertido ya en una cuestión de Estado y como si su encuentro pudiera devolver a la vida al poeta de los sueños, regresarle al mundo de los vivos, en un empeño semejante al de Miguel Hernández, en la desgarrada Elegía que le dedicó a su compañero del alma, Ramón Sijé, con quien tanto quería: “Quiero minar la tierra hasta encontrarte / y besarte la nombre calavera / y desamordazarte y regresarte ...”. En el segundo intento, allá por noviembre de 2.014, a cargo del mismo equipo que lo intentará de nuevo, dicen que se quedaron a un palmo del lugar donde ahora tienen previsto empezar a cavar. El investigador, Miguel Caballero, y el director de la excavación, Javier Navarro Chueca, responsables de tamaña empresa, esperan, definitivamente, dar con los restos de marras: “Si están ahí, los encontraremos”, asegura el segundo. Evidentemente, que si están, ahí estarán y ahí los hallarán. Pero, y si no, ¿habrá un cuarto intento? ¿Se pondrá en esta ocasión ya el “The End” a esta macabra misión? La segunda vez que lo intentaron, el fracaso lo atribuyeron a la llegada del frío, pues dicen que llegó el invierno y la pala excavadora que necesitaban para seguir levantando y soliviantando el terreno sacrosanto tuvo que ser utilizada para limpiar de nieve las carreteras. Esperemos que un contratiempo procedente del tiempo no impida esta vez llegar a la fosa donde presumen descansan los restos del poeta, tan ansiados y deseados por quienes los buscan, quizás con el ánimo de apuntarse un tanto histórico. Pues bien, en relación con esta nueva noticia y nuevo intento de hallar los restos del poeta entre los muertos, y para acabar, de momento, con este tema, traigo a colación un segundo artículo, publicado a raíz del fracaso de la primera intentona de hallarlos, en el Diario “El Pueblo de Albacete”, en fecha 15 de Enero de 2.010, debiendo situarse el mismo en dicha época:

 “ME  LLAMO  FEDERICO

Se puso en marcha un ejército de orcos, forjado en las cavernas del averno, y los espectros de la noche y de las tinieblas invadieron la tierra media, y cual jinetes del Apocalipsis, con Sauron a su frente, se propusieron no dejar títere con cabeza, ni dejar sin remover un palmo de tierra, ni piedra sobre piedra, hasta conseguir el fin último de su abracadabrante e inicua misión: localizar y exhumar los restos mortales del inmortal poeta, del gran Federico García Lorca (“El día se va despacio,/ la tarde colgada a un hombro,/ dando una larga torera/ sobre el mar y los arroyos.”), pues no otra finalidad se escondía en la llamada Ley para la Recuperación de la Memoria Histórica. ¿Qué importaban los cadáveres de cientos o miles de españoles que fueron carne de cañón de media España contra la otra media? Aquí no importaban ni importan los cientos o miles de cadáveres anónimos cuyas vidas fueron truncadas por la barbarie, la insensatez y el odio de una guerra civil que dividió a los españoles durante cuarenta años; no se trataba,  ni se trata, de reparar injusticia alguna (que haberlas, húbolas, pero, ¡en ambos bandos!), sino sólo ahondar más en el abismo de la división, es más, se buscaba y se busca, precisamente, poner fin y coto a la reconciliación que fue alumbrada con la Transición e intentar mantener la llama encendida del rencor, de la miseria, del espanto y del llanto a que abocan todas las guerras, sean justas o injustas, si es que alguna guerra puede calificarse de justa. Y es que, con el cuento de reparar la memoria histórica de quienes sufrieron la violencia del bando vencedor de la guerra, pues los de este otro bando según aquéllos no padecieron el horror de la misma ni el espanto de la tortura, del fusilamiento, de las checas y de los paseos nocturnos, se promulgó la citada Ley de Recuperación de la Memoria Histórica, que no tiene otro fin que el de perseguir los huesos del poeta granadino, que, a la postre, serían los que darían a nuestro inefable Presidente del Gobierno la prueba fehaciente, cierta e irrefutable de que la Guerra Civil Española fue un levantamiento militar contra el beatífico orden constitucional republicano establecido (que ya son atisbos de visionario pirado llamar orden a lo que por tal se pretendía exhibir), tirando por el camino de en medio, a fin de subvertir la historia, reinventando y reescribiendo, si necesario fuere, la misma, para dar pábulo a las aviesas intenciones de nuestro inefable de canonizar a su abuelo, como si en este país no hubieran existido otros abuelos, víctimas de nuestro fratricida enfrentamiento, sin tener en cuenta antecedentes históricos, ni para qué, tales como que la Guerra Civil la hicieran inevitable sus correligionarios del PSOE, del PCE y de la Ezquerra Catalana, que, allá por Octubre del 34, en Asturias, promovieron un levantamiento contra el orden constitucional legalmente establecido, el cual, precisamente, ¡miren por dónde!, fue sofocado por el ejército al servicio de la República y de ese orden constitucional, al frente del cual se hallaba un general llamado Francisco Franco Bahamonde. Y por si aún queda alguna duda, ahí están las hemerotecas, de las que emergen las proclamas de un socialista de pro, como Largo Caballero, llamando a la sublevación y a la guerra civil, si ganaban las derechas las elecciones del 36.

Pues bien, en esta esquizofrénica carrera iniciada por el enjuiciamiento que trató de llevar a cabo el, hoy superquerellado, Juez Baltasar Garzón, de la Audiencia Nacional Magistrado, en su afán egolátrico de pasar a la historia como el que resucitó, sacando de su tumba, a Federico García Lorca (“Sobre el monte pelado/ un calvario./ Agua clara/ y olivos centenarios./”), hemos asistido recientemente al fiasco de las excavaciones operadas en Alfacar, en el paraje de Fuente Grande, otrora sacrosanto camposanto donde se veneraba, junto al olivo centenario allí existente, la memoria del poeta universal, y donde la lluvia lloraba su desgracia personal y donde el caracol y la hormiga y la cigarra, caminaban sobre el tomillo y el  romero, donde la alondra y el jilguero, en lo alto de sus ramas, entonaban oraciones bucólicas, desposeídas de venganza y de revancha, donde el águila en su alto y vigoroso vuelo, dejándose llevar por el viento de poniente, escorzaba, sobre el cielo, un enardecido homenaje y reconocimiento a la incorrupta memoria del poeta no hallado.           

Ahora, los buitres de la noche, las alimañas de las tinieblas, los relámpagos traidores, ahítos de sangre y miseria, han hollado y profanado la tierra santa, pues santa es la tierra bajo la que se presumía descansaban los restos del poeta y los de sus infaustos compañeros de terna macabra y hora última; ahora, los cantos rodados del camino zaherido, la senda abierta entre las ramas del olivo, la luz del sol resplandeciente e hiriente de paz, anhelo y consuelo, dejarán de alimentar la esperanza de la resurrección de los muertos, al menos, en este barranco, en el que un georradar, homicida y traicionero, ha dejado al descubierto, bajo la tierra, la nada, el vacío, la oquedad y el silencio de los muertos, roca y tierra, tierra y roca, polvo sobre polvo, y aire, y nada, y piedra, y sepultura sacrílegamente horadada y profanada, ni rastro de huesos, ni ropas, ni medallas, ni zapatos, ni botines, ni correas, ni cinturones, ni un triste pañuelo en el que empapar, enjugar y absorber la última lágrima del injustamente condenado a muerte, del infamemente asesinado, de a quien, tan vil y cruelmente, le fue arrebatada la vida, de quien fue pasto de la barbarie, de la infamia, de la locura, de la bestialidad de unos hombres contra otros hombres, lo que hoy ya debería estar totalmente superado, pero que, por mor de quien nos des-gobierna en la actualidad, se pretende reavivar, volviendo a enfrentar, de nuevo, a unos españoles contra otros.

Pero, Federico (“Quiero dormir el sueño de las manzanas,/ alejarme del tumulto de los cementerios./”) no se ha dejado atrapar, ha puesto pies en polvorosa, tenía la lección bien aprendida; ha salido volando, en cuerpo y alma, de su tumba, e, imitando el vuelo del águila real, se ha dejado llevar por el viento de poniente, y le ha hecho un espectacular corte de mangas, una fenomenal higa, a quienes han intentado volverle a pasear,  a utilizarle como icono para volver a iniciar una nueva guerra, a quienes han querido utilizar su calavera y su osamenta, como cebo de una caseta de feria, dejando caer sobre ellos el ineludible manto de la ignominia y el ridículo más patético y espantoso, poniendo a cada cual en su sitio  y dejando con el culo al aire a todos los que han querido utilizar su memoria como arma arrojadiza contra una parte de los españoles, a quienes, probablemente, el inmortal poeta ya tiene perdonados. El toro negro y zaino, bravo, fuerte, veloz y ligero, ha aprendido bien la lección y no entra más al trapo, sino que corre, muge y trota, libre como el viento, por los páramos límpidos de la España total y entera e, incluso, hay quien dice, en las noches de luna llena, haberle visto volar. (“El aire cristaliza bajo el humo.../ Las ramas se pasean por el río.../ Entre los juncos y la baja tarde,/ ¡qué raro que me llame Federico!.”)”. 

MIGUEL ÁNGEL VICENTE MARTÍNEZ

11 DE NOVIEMBRE DE 2015

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