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Esta sociedad está enferma (y VII)

miércoles 10 de enero de 2018, 03:59h
Miguel Ángel Vicente
Miguel Ángel Vicente

Y, como ya he dicho en reiteradas ocasiones, este panorama, que se presenta a nuestra vista, no parece tener remedio y un día sí y otro también nos desayunamos con este tipo de hechos abominables. Y es que, a veces, un hecho sirve de altavoz o efecto dominó, para despertar el mal que aparece ínsito en algunos individuos, que no debieran llamarse personas, y, así, de esta guisa, desde la perpetración de la violación llevada a cabo por la denominada “La Manada” en los San Fermines del año 2.016, y siguiendo el refrán de que todo se pega, menos la hermosura, se produjo la, igualmente presunta, violación, llevada a cabo en grupo por los tres jugadores de La Arandina, y al poco saltó otra, en este caso, al parecer por menores, cuatro, presunta violación en grupo, sobre una menor de Baracaldo, lo que ha llevado, como siempre, a los expertos a encontrar las razones de esta creciente oleada de violaciones en grupo y sin consentimiento de la víctima, concluyendo que la causa se halla en los ordenadores y en los dispositivos móviles, a través de los cuales, desde la más tierna, y no tan tierna, infancia, se “jartan” de pornografía pura y dura, llegando a trastocar esas mentes, en cierto modo salvajes, que acogen como formas normales de vida, desprovistas de moralidad, responsabilidad y conciencia, esas aberraciones que a sus ojos se presentan y así lo asumen como cosas comunes y habituales. Si bien, el origen de esta indigestión de maldad y depravación, sólo cabe atribuirla, a mi juicio, a la falta de educación y formación integral del individuo, tanto en la familia (la primera obligada a cuidar y vigilar a sus vástagos) como en los centros educativos, pues tanto unas como otros parecen haber bajado la guardia en cuanto a su primordial y principalísima obligación de inculcar desde los albores de la vida los principio éticos y morales inspiradores de una conducta cívica y responsable, particular y socialmente exigible a quienes se integran en una sociedad. Más bien, parecen haber renunciado a esa dicha fundamental labor, dejando que los árboles crezcan a su albur, al azar, sin enderezar conductas que se salen de madre, unas veces por desidia, y otras porque se cree que así el árbol será más feliz, porque nadie quiere complicarse la vida, mas ya vemos las consecuencias a corto, medio y largo plazo, negativas en extremo para esto que seguimos llamando “sociedad”.

Y en este estira y afloja, así surgen personajes de la catadura de  José Enrique Abuín Gey, “El Chicle”, dando rienda suelta a sus más bajos instintos y segando en plena flor la vida de la tan inocente y confiada criatura, Diana Quer, en una noche larga, de insomnio, sin luz y sin aire y sin estrellas, en la madrugada de aquel fatídico 22 de Agosto de 2.016 en a Pobra do Caramiñal . Una bestia, poseída por el demonio, que se abalanzó sobre su sorprendida presa para desvalijarle de lo más preciado que una persona como Dios manda, posee: su honra y su vida, tiñendo de sangre, horror y espanto el paisaje ante tan deleznable y vomitivo acto, dejando la tranquila población sumida en el mayor desconcierto y desaliento, ante la desesperación de una niña inocente del pueblo.

Pareciera que con todos estos execrables hechos,  la sociedad esté pidiendo a gritos la reinstauración de la pena de muerte, pena de la que ya sabemos que los más garantistas y protectores de los derechos humanos huyen, como huye el Diablo de la cruz, basándose, entre otros argumentos falaces, en que la implantación de la pena capital no hará desistir a los criminales de sus instintos criminales, valga la redundancia, mas no me negarán que, pongo por caso, de 100 malnacidos, eliminando a uno de ellos, según su dicha teoría, los otros 99 seguirán en sus trece, pero, ya no son 100, sino 99 monstruos de los que tenemos que estar alerta, siendo posible también que, por razones de humanidad, estos prebostes de la comprensión, los acogieran en sus casas a tales individuos, como uno más de la familia, hasta lograr su reinserción total. Y es que, dejando aparte el “derecho a la vida” del concebido y no nacido, los demás derechos humanos hay que ganárselos a pulso y hacerse acreedor a ellos, y si este primer derecho del que dimanarán los demás, no lo protegemos, qué sentido tiene exigir el respeto por todos los demás, pues está claro que para predicar todos los derechos humanos de una persona es preciso que ésta nazca, siendo este el derecho primordial y sine qua non podemos predicar de esa persona los demás, y nos encontramos con que ese primigenio derecho no lo respetamos, pues a la vista está la cantidad de millones de concebidos que son abortados en el mundo, y en nuestra España de nuestros desvelos, rondan los 100.000 anuales, cifra que no es moco de pavo ni el chocolate del loro, sobremanera desde la implantación del “aborto libre”, según la Ley que aprobara la infausta Ministra de Igualdad, Bibiana Aido, bajo la Presidencia del no menos infausto, José-Luis Rodríguez Zapatero, y que sigue vigente, con un pequeño retoque (la exigencia del consentimiento de los progenitores respecto de las menores de 16 años) llevado a cabo por el también no menos infausto, Mariano Rajoy Brey, que habiendo incorporado a su campaña electoral del año 2.011 la remodelación integral de esta ley, ha hecho mutis por el foro, apostatando del evangelio de su programa, y con su ya consabida parsimonia, cuando no gandulería, salvo ese pequeño retoque, la ha dejado tal como la dejaron aquéllos. Y un reciente informe hecha las campanas al vuelo, pues ha revelado que en 2.016 se ha alcanzado la cifra más baja de los últimos diez años: 93.131 abortos, un 1’12% menos que en 2.015, consolidando una tendencia a la baja que se inició en 2.012. Mas debieran preguntarles a esos 93.131 fetos, triturados en los vientres de sus madres y arrojados a las alcantarillas hechos papilla, qué les parece esa evolución a la baja. Pero esto a Don Mariano Rajoy Brey le trae al pairo, él a practicar el pseudo-deporte que se ha inventado, para dar la apariencia de un hombre sano, ligero y activo, mas sobre su conciencia deberá dar cuentas algún día de este genocidio uterino que se consolida año tras año, y todo ello traicionando sus convicciones y creencias, por seguir pegado a la poltrona del poder, por el que vendería su alma al diablo, si es que no se la ha vendido ya

Y es que, en realidad, y la actualidad nos lo demuestra, parece haberse bajado la guardia, para luchar contra la lacra que, fundamentalmente, supone la llamada violencia de género, y se da por bueno que a la que le toque que se joda y si no que no hubiera estado en el lugar de los hechos. Y esto nos lo confirman la falta de voluntad para pergeñar una legislación potente, fuerte, racional que dé respuesta contundente a los malnacidos delincuentes, así como una exigencia en la aplicación de la misma por los jueces y tribunales, que muchas veces parecen alinearse más bien con el depredador que con la víctima. Porque, es de risa la pena de alejamiento, quedando a voluntad del agresor su cumplimiento, por mucho que se le ponga una pulsera de alarma, la cual, o no funciona, cosa explicable en este país, aún hoy, a duras penas, llamado España, esta España de charanga y pandereta, o se la quita o cuando quiere llegar la Policía ya se ha perpetrado el delito. O como la decisión de las autoridades de Berlín, de reservar para la Nochevieja, un área para mujeres acosadas, dando por bueno que habrá acosos sexuales, tal como ha puesto de relieve la Presidenta del Grupo Parlamentario de AfD, Alice Weidel, quien ha manifestado que la habilitación de zonas de seguridad en las que las mujeres “tengan que refugiarse de los abusos de inmigrantes, es una total capitulación del Estado ante la desbordante delincuencia inmigrante”. Basta recordar a esos efectos que la ciudad de Colonia (oeste) fue escenario en la Nochevieja de 2.015 de situaciones de acoso, abusos sexuales y robos contra centenares de mujeres, principalmente por parte de norteafricanos y refugiados. Y el que no lo vea, es que no quiere ver.

Ante hechos tan deleznables y abominables, como el caso de Diana Quer, se someterá a su presunto asesino, a un juicio justo, aunque la justicia, en este caso, exigiría, para reparar el mal causado, la aplicación de la Ley del Talión: “ojo por ojo, y diente por diente”.

Hay que separar el grano de la paja y aquí y ahora nos jugamos la vida y la salud de la sociedad entera. No se entiende tanto reparo en aplicar en estos casos extremos la pena capital, cuando cada año permitimos la ejecución de cerca de cien mil almas inocentes, como la de Diana Quer, a través del aborto libre, con ni siquiera tener el derecho a una defensa y a ese aludido juicio justo. Y, sin embargo, ese malnacido de aquí a pocos años, estará de nuevo en la calle, mientras su víctima ya cría malvas y sus parientes y amigos pierden la razón, en el desgarro y el dolor más absoluto e inconsolable.

Isabel San Sebastián, en relación con el caso de “La Manada”, se preguntaba, en su columna del Diario ABC, del día 27 de noviembre “¿tan enferma está esta sociedad?”, y en otro artículo en el mismo Diario del día 18 de diciembre, en relación con el caso de Diana Quer, solicita “la cadena perpetua revisable” para su agresor, porque, añade,  “no creo en la pena de muerte porque considero sagrada cualquier vida humana, incluso la de ese depredador sanguinario. Con la misma convicción demando que no vuelva a contemplar la luz del sol”. Aunque, a mi parecer, llamar persona humana a ese monstruo me parece un ejercicio de funambulismo y, además, ¿no era también, al menos, tan sagrada la vida de Diana, como la de su asesino?.

Creo que ya hemos dedicado bastante espacio al análisis que nos concierne, constatando lo enferma que está esta sociedad, si es que no esta ya podrida. Esperemos que la autoridad competente se apriete los machos y se ponga a trabajar cumpliendo bien y fielmente con su obligación en beneficio de la ciudadanía en general, poniendo las medidas necesarias y precisas para contener y eliminar la fuerza del mal.

MIGUEL-ANGEL VICENTE MARTINEZ

                        10 de enero de 2018

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