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El coche eléctrico, la bicicleta y el patinete

miércoles 05 de diciembre de 2018, 05:12h

Estamos en un mundo, en este siglo XXI, que debiera ser aquel en el que las más y mayores luces del entendimiento se explayaran y, sin embargo, por esta forma de ser del ser (valga la redundancia) humano, parecemos entrar en una serie de vaivenes, bamboleos y balanceos, sólo comparable al de un barco al que, en alta mar, le alcanzara un maremoto, un tsunami marino, con olas de algo voltaje, y nunca mejor dicho, que desconcertaran al capitán y le hacieran dudar sobre si será capaz de sobreseer la crisis y llevar a buen puerto el navío, o si, por el contrario, no lo conseguirá y acabará naufragando, sin que nadie de los que van a bordo puedan salvarse.

En estas estamos, con la bomba que se ha hecho estallar, casi sin avisar (y que se lo pregunten a los fabricantes de automóviles y servicios circundantes alrededor de esta industria) y como el despertar de un mal sueño, pareciendo que todos los vehículos existentes a día de la fecha, no sólo en este País, aún hoy, a duras penas, llamado España, sino en todo el orbe mundial, que se mueven por combustión, sean de gasolina, sean, y aún peor, de gasóleo o diesel, hubiera que tirarlos al mar (¡pues miren Vds. la contaminación que ello generaría en nuestros maltrechos mares!), y aunque lo fueren de ser arrojados por un barranco cuesta abajo y sin freno, pareciendo que hasta al día de la fecha, hasta el día en que a uno de esos cerebros que se las dan de excelentes, más bien de visionarios, ha decidido que hay que cambiar, drásticamente, de canal de televisión, lo que es un decir, o sea, que hay que demonizar a la gasolina y al gasoil o diesel, como si desde que el automóvil es automóvil, hayamos estado cometiendo un delito de lesa majestad, contra la humanidad entera, a la que hemos abocado al principio de su desaparición. Y se ha decidido, tras un mal sueño del sujeto en cuestión, o sea, del listo de turno, que no lo hace por amor al arte ni de motu propio por su amor infinito a la salud del medio ambiente, sino que está, como una marioneta, movido por hilos de ciertas multinacionales, que se están frotando las manos pensando en las cuantiosas cantidades de dinero que se van a embolsar a costa de infligir el miedo hasta los tuétanos a esta ciudadanía universal que, casi en su totalidad, se halla sumida en el sueño de los justos, que se mueve por tics dirigidos desde las terminales mediáticas de las citadas multinacionales y que, carente de intelecto (que parece habérsele absorbido o lo que es peor, extraído del cráneo) y de capacidad ya para realizar raciocinio alguno, y que entra al trapo como un toro cualquiera y asume, como mandamientos de la ley de Dios, los dicterios que les son bombardeados incluso desde el poder de los Gobiernos, y que asumen, a pies juntillas, sin decir ni “mú”, ítem más, jactándose de lo buenos que son cumpliendo todas esas diatribas y apuntándose a la moda sin rechistar y, además, encantados de haberse conocido.

Pues bien, después de haberle metido el miedo en el cuerpo a los dichos fabricantes de vehículos tradicionales, arrastrándolos, prácticamente, al barro, y señalándolos como si ellos y solo ellos fueren los culpables de la contaminación medioambiental, y cercenando de paso a todos los servicios complementarios que se mueven alrededor de la industria automovilística, con el mantra de que, ahora, de prisa y corriendo, debemos empezar a desechar todo lo andado hasta ahora, induciendo a cambiar, como cuando se cambia de ciclo, echando por tierra a todos los vehículos movidos actualmente por la combustión del gasóleo, de la gasolina y del diesel, como si, como dijera en su Canción del Pirata, José de Espronceda, del uno al otro confín, estuviéramos en los estertores de la humanidad.

Y sin tener todavía un plan de emergencia estudiado, meditado, comprobado empíricamente y, por tanto, garantizado para su funcionamiento, se proclama la eclosión del coche eléctrico y se insta a las gasolineras a la instalación, prácticamente ya, de electrolineras (que ya el nombrecito es de órdago a la grande, a la chica, e incluso, a los pares), entrando en el ñoñismo extendido hoy sobre la faz de la tierra). Y es que las declaraciones de nuestra ilustre Ministra de Transición Ecológica (otro nombrecito igualmente para mear y no echar gota), Teresa Ribera, de ponerle finiquito al diesel, para empezar la fiesta, ha conmovido los cimientos de una industria que genera, nada más y nada menos, que algo más del 10% del PIB, manteniendo un total de 543.500 puestos de trabajo directos, de los cuales 336.300 están en la distribución y reparación, 120.000 en la fabricación de componentes y 97.200 en la fabricación y montaje de vehículos, según datos de la EPA del primer trimestre de este año 2.018, y ello sin tener en cuenta los puestos de trabajo de servicios y lo que para la economía nacional significa el ingreso derivado de los impuestos directos e indirectos que genera el automóvil, y lo que significa que este combustible sea imprescindible para sectores vitales y fundamentales para la economía nacional, como el transporte en general y el reparto de mercancías, inviables con motores de gasolina.

Pero lo que ya es de Perogrullo, es que aún hoy está la industria del automóvil eléctrico en mantillas, o sea, aún, puede decirse, que está en el vientre de la madre y que lo que ésta ha dado a luz son fetos, en principio inviables para la vida o para la finalidad que se pretende. Y así, nos encontramos con que en estos momentos hay más de una docena de formatos de recarga para el vehículo eléctrico, o sea, de enchufes aplicables a los vehículos para lograr la recarga eléctrica que necesitan para transitar, los cuales pueden ser de corriente alterna, de corriente continua, enchufe normal, enchufe monofásico, trifásico, de dos bornes, de tres, de cuatro, de cinco, macho, hembra, a 16 Amperios, a 200. Es decir que las dichosas electrolineras deberían contar con una multiplicidad de elementos de enchufe que convertirían la recarga en una especie de selva amazónica y obligarían, incluso, a los usuarios, a contar con un kit con toda esa clase de enchufes, como mal menor. Y como no podía ser de otra manera, las grandes eléctricas, como Iberdrola y Endesa a la cabeza, ya se han apresurado a hacer cuentas y a aventurar los miles de puntos de recarga que implantarán en las electrolineras, ya que uno de los obstáculos, en principio, para implantar sin solución de continuidad este sistema, es, precisamente, la existencia de puntos de recarga suficientes en todo el territorio nacional, a lo que habría que unir, de momento, el excesivo coste de un coche de estas características, por mucho que quieran comernos el coco con el mantra de que con el tiempo amortizaríamos dicho coste y nos vendría de perillas asumir, sin remilgos, este sistema, con el inconveniente de que, quizás, cuando queramos amortizar el coste, no podamos conducir o por deficiencia física o por estar criando malvas. Por otra parte hay otro inconveniente y no pequeño, ya que la recarga para unos 500 kilómetros, respecto de los vehículos que puedan alcanzar esta autonomía, supondría en tiempo unas ocho horas, y ya me dirán Vds. lo entretenido para el conductor y su familia estar esperando en una electrolinera tal cantidad de horas, amén de que las mismas, en los casos de desplazamientos masivos por vacaciones o puentes, se colapsarían y la espera podría consumir todos los días de vacaciones, habiendo de promocionarse el “Veranee en una electrolinera” o “Pase el puente en una electrolinera”, lo cual, como bien podemos comprender, no sería del agrado del ciudadano. Mas esto es lo que pasa por tirarnos al ruedo, sin capa ni muleta y, encima, sin saber torear, siendo lo más lógico que el morlaco dé buena cuenta del intrépido.

Claro, que mientras se configura una solución aceptable en tiempo y ecología (no olvidemos que las baterías son los elementos que más contaminación puedan llevar a cabo y las que deberían llevar los automóviles eléctricos, serían de dimensiones y peso descomunales), podría ser la implementación del uso del patinete eléctrico, que hace furor entre la masa amorfa de carne y hueso en que a día de hoy se ha convertido la ciudadanía, y que están creando no pocos problemas entre los peatones, habiéndose producido ya una muerte por el atropello propiciado por uno de estos engendros, producido en Agosto y revelado en Noviembre, lo que induce a pensar si no hay más casos de atropellos que, aunque no hayan acabado en muerte, hayan producido al atropellado lesiones de consideración o no. Y si no estamos contentos con ellos, pues a la bicicleta, cuyos usuarios también se explayan rodando por las aceras creando el pánico entre los viandantes, y habiendo ocasionado más de un atropello mortal. Desde luego no existe causa más absurda y triste que morir arrollado por un patinete o por una bicicleta, aun cuando cualquier causa de mortandad sea lamentable. Y ya para finalizar, ¿alguien me podría explicar, a grandes rasgos, qué clase de gases contaminantes en el Pleistoceno o cualquiera otra época o periodo prehistórico, provocaron que los mares se convirtieran en montes y los montes en mares? A lo mejor, respondiendo a esto encontraríamos una respuesta y su correlativa solución a los problemas de la contaminación medioambiental actual, sobre la que existen demasiados agujeros y excesivas invenciones y lucubraciones.

MIGUEL-ANGEL VICENTE MARTINEZ

5 de diciembre de 2018

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