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Un caótico verano

martes 18 de agosto de 2020, 05:27h

Este año 2.020 nos ha tocado vivir una experiencia que, seguramente, ningún ciudadano español estaría dispuesto a desear a su peor enemigo. Y es que la llamada pandemia, la crisis del coronavirus (para nosotros, no para el virus) nos ha llevado, mejor dicho, ha llevado A las diferentes Administraciones Públicas, a adoptar medidas impensables en la mente del Estado de Bienestar propio del siglo XXI, en la cúspide de haber llegado a la cima de la montaña, en cuanto a los adelantos técnicos, tecnológicos y científicos, aunque, a decir verdad, todo este presunto adelanto en lo material, ha ido acompañado de un abandono, como nunca se había producido, en el ámbito espiritual, habiendo sido abandonados, de un modo sistemático y reiterativo, los principios fundamentales éticos y morales que deben presidir la conformación del ser humano, en orden a su realización como persona o ente dotado de voluntad e inteligencia, que es, a la postre, lo que nos diferencia de otros seres dotados de vida, tanto en el mundo animal, como en el vegetal, y ello debido a que, por arte de birlibirloque, nos hemos creído que nos hemos puesto a la altura de Dios Padre, en un alter ego, cuando no, desalojando al mismo de su posición capital, queriendo usurparle ese lugar, ese sitio, inalcanzable desde los inicios de los tiempos para el ser humano, que ya renunció al disfrute del Paraíso Terrenal, por mor del capricho de la primera mujer, Eva, de comer y ofrecer comer, la manzana a su compañero Adán, única condición, la prohibición de comer de ese árbol frutal impuesta por Dios a quienes había creado, para disfrute de una vida única, nunca mejor dicho, paradisiaca.

Pues bien, bien pareciera, valga la redundancia, que la pandemia haya sido un toque de atención del Creador Supremo, hacia la población mundial, que se había dormido en los laureles, a fin de poner los puntos sobre las íes, y decir, alto y claro, quien es el verdadero dueño y señor de lo creado. Lo que se dice, un castigo divino, que añadir, pongo por caso, a las siete plagas de Egipto, y recordar al hombre su naturaleza finita en la tierra y demostrarle quien, en realidad, manda en la misma, aunque algunos gerifaltes hayan osado ocupar su lugar, de una manera descarada e injustificada, llevando a la ciudadanía por el camino de la perdición.

Muchos creyeron sufrir una condena cuando se decretó (tarde y mal, como en casi todas las decisiones y no decisiones adoptadas por nuestros representantes al más alto nivel, léanse Pseudo-Doctor-Sánchez, con su tramoyista Iván Redondo, el Ministro de Sanidad, Salvador Illa, que de sanidad sabe poco menos que lo que es una tirita y a lo mejor tampoco, y el experto con todo lo relacionado con las pandemias, Fernando Simón, a quien habría que darle el título de fantoche como el más pintado, por lo que, con estos mimbres, así nos ha salido el cesto) el confinamiento, y prueba de ello, fue el desmadre que se produjo cuando el mismo se levantó (la famosa desescalada, que como su propio término indica, ha consistido en ir para abajo y para atrás, como los cangrejos, en vez de ascender hacia la cina del monte, en busca de la salvación, ante el Diluvio Universal, que supuso y sigue suponiendo, la pandemia del coronavirus, lanzándose a la calle, sin prevención alguna, las hordas ciudadanas, sobremanera a poblar los bares y los restaurantes, como si tomarse una cerveza no lo hubieran hecho nunca y fuera una necesidad imperiosa e irrenunciable, significativa de que todo el mal sueño, sobrellevado, con mejor o peor humor, hubiese sido vencido y el despertar, por tanto, a la vida ordinaria, mal llamada “nueva normalidad”, porque si la vida ha de continuar con las restricciones actuales y necesarias, quizás, más bien, deberíamos hablar de un paso de la normalidad a la anormalidad, pues bien podríamos recordar, los versos de nuestro inmortal poeta, Federico García Lorca, de que “se acabaron los hombres que iban por el monte solos, están tiritando los cuchillos bajo el polvo”. Y es que ese desmadre, reflejado en el consumo en la hostelería ( a la que, por cierto, la han tratado las autoridades con puente de plata, al permitir la ampliación, en verdad ilimitada, de las terrazas, el condonar la tasa por las dichosas terrazas, por lo menos, hasta final de año, en base a que es un sector dentro de los que más habían padecido por el confinamiento, lo cual es incierto, porque aquí han sufrido, hemos sufrido, los efectos negativos del confinamiento, tanto tirios como troyanos, o sea, todos los españoles, hablando de esta España cañí, que ve con buenos ojos que nuestro presidente del Gobierno Pseudo-Doctor-Sánchez, alias Pinochón-un Falcón para él y su señora y otro para su nariz-, cual vil “okupa”, se vaya de vacaciones, con la que está cayendo, a la residencia de La Mareta en Lanzarote, y al Palacio de Las Marinillas, en el Parque Nacional de Doñana, a costa de todos los españoles, y, a saber, con quién y quiénes, o cuántos más han hecho uso de estas instalaciones acompañando a la familia presidencial), no tiene fundamento, al menos cuando hablamos de una ciudadanía consciente, formada y responsable, lo cual parece ser el caso, al menos en nuestra Patria, aguantando colas para sentarse en una terraza, como unos chiquillos con los juguetes después del Día de Reyes, y no digamos de los centros de ocio nocturno y de copas (en palabras de Juan Manuel de Prada, de “putiferio y borrachería”), amén de los infames botellones, que a pesar de su prohibición con carácter general, han disfrutado de manga ancha por la autoridad competente, con el hacinamiento de personas, jóvenes y no tan jóvenes, haciendo de su capa un sayo, sin protección ni distancia social por medio exigida, y lo que no está en los escritos, pareciendo que el problema, tan serio como que nos jugamos la vida en el envite, no fuera con ellos o gozaran de una exención, a modo de bula, para no contagiarse y contagiar a los demás.

Y de esta guisa nos luce el pelo y ante la nueva hecatombe que se avecina (y como si casi 50.000 vidas que se han llevado pa´lante este malicioso e infeccioso virus no fueran un montante a considerar para tomar todas las precauciones del mundo ante el mismo), con el incremento de rebrotes por todo el territorio nacional, o sea, por toda la piel de toro, que ya ha llevado al retroceso con nuevos confinamientos en algunas localidades o zonas regionales, ya han puesto sobreaviso, a quienes de verdad han sufrido en sus carnes, por estar en la primera línea de combate, a los servicios sanitarios, que ven, cómo, con una dejadez de espanto, se ha levantado la veda y hemos empezado, de nuevo, a encontrarnos como al principio, por lo que nueve sociedades científicas, alertan del colapso que se avecina, manifestando que las medidas son insuficientes, y vamos a peor, pidiendo dar un “golpe de timón” frente a la pandemia y junto a la profesión médica en general y sanitaria global, urgen tomar nuevas medidas para evitar un segundo colapso de la sanidad”, puesto que los contagios se disparan a niveles del principio de la pandemia. Y parece que ya se avistan las barbas del vecino cortadas y pasamos a poner las nuestras a remojar, pues en la reunión de emergencia habida el pasado viernes, 14, entre el Ministerio de Sanidad y las Comunidades Autónomas, se adoptaron, con carácter general, aun cuando pudiendo ser matizadas por los respectivos Gobiernos Autonómicos, una serie de medidas que, a lo mejor, como casi siempre, si no siempre, llegan tarde, porque el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, y si ese hombre es español los tropezones pueden ser indefinidos, y se ha decidido el cierre de discotecas, salas de baile y bares de copas, los bares y restaurantes cerrarán, como muy tarde, a la una de la madrugada, se prohíbe el consumo de tabaco en la vía pública, se decide incrementar el control sobre los botellones (para lo cual, los policías locales u otras si éstas no se atreven o son insuficientes, deberían actuar con la máxima energía, identificando a los convocados y proponiendo las sanciones correspondientes), tomándose en serio, de una vez por todas las consecuencias perniciosas que se derivan de este consumo indiscriminado de alcohol, para los afectados en particular, y los ciudadanos en general) y los llamados encuentros sociales se siguen limitando a un máximo de diez personas.

Veremos si, tanto las autoridades competentes (en muchos casos incompetentes por quienes las encarnan) toman de verdad cartas en el asunto y los ciudadanos en general comienzan a dar síntomas de sensatez y cordura. Pese a todo ello los establecimientos de “ocio nocturno” ya han amenazado con acudir a los tribunales, tachando la decisión del cierre de los mismos, de “desproporcionada” y falta de justificación alegando, entre otras razones, como dice Ramón Mas, Presidente de la Federación de Empresarios de Ocio Nocturno y Espectáculos “España de Noche” que “si te tiras todo el día por ahí y luego vas a una discoteca no se puede demostrar que el contagio haya sido donde hayas acabado la fiesta”, lo cual es cierto, pero también lo es, que si no vas a la discoteca contagiado ya difícilmente contagiarás a los demás usuarios de la misma.

Y es que, quizás, uno de los grandes defectos de este País, aún hoy, a duras penas, llamado España, es el lapso horario, amén de amplio, que se tiene para los establecimientos hosteleros, cosa inédita en el resto de la Europa de la UE, en cuyos países a las seis de la tarde todo el mundo ya ha cenado y la mayoría durmiendo o por lo menos en su respectivo hogar, sin dar la murga callejera impidiendo el descanso de quienes al día siguiente se deben levantar para ir al trabajo. En este sentido, a lo mejor viene bien la pandemia para ponernos en la órbita de los países “frugales”, a fin de dar más el callo y empujar, de verdad, al crecimiento económico, porque por mucho que constituya la hostelería un 10% del PIB, si la industria falla y no hay exportaciones, flaco favor le haremos a la economía en general y a nuestros intereses en particular. Más pico y pala, y menos juergas y cachondeo, porque si, de veras, esos países “frugales” se enteraran de nuestro “modus vivendi”, dudo, muy mucho, que hubieran levantado la mano para que acaben llegándonos esos teóricos 140.000 millones de euros para reconstruir nuestra economía.

MIGUEL-ÁNGEL VICENTE MARTÍNEZ

19 de Agosto 2.020

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