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Hacia lo políticamente grotesco

miércoles 02 de septiembre de 2020, 05:45h

Como no tenemos problemas a nivel mundial, tanto sanitarios, como económicos derivados de aquéllos, a causa y razón de la pandemia que ha originado el coronavirus, y en vez de luchar contra viento y marea, hasta la extenuación, por ver, la manera de hallar soluciones a los mismos y, en su caso, tratar de minimizar sus letales efectos, quemamos nuestras fuerzas y esfuerzos en andar por las ramas, tratando de darle la vuelta a tradiciones seculares o revertir los hechos de la Historia, que por encuadrados en la misma, no tienen posibilidad de que se les den la vuelta como a un calcetín y por mucho que lo intentemos aquellos hechos pasados ya no tienen remedio en cuanto a su cambio o reconducción, porque el pasado es el pasado y es el que es, más bien el que fue, por muy mucho que cabezas pensantes (es un decir, porque más bien serían cabezas vacías de seso o más bien puras y duras calabazas), se esfuerzan en reescribir la historia, tratando de borrar de la misma los hechos o acontecimientos que no les placen, y lo que es peor, en ocasiones cambiándolos por otros sólo existentes en sus calenturientas mentes, arrancando del LIBRO DE LA HISTORIA las páginas que no casan con sus delirios ideológicos, sustituyéndolas por otras escritas a su imagen y semejanza.

Pues bien, de cuando en cuando, esas cabezas, que tal como manifestara nuestro inmortal poeta Antonio Machado, incursas en las nueve que de diez, embisten, advirtiéndonos que “no os extrañe que un bruto se descuerne por la idea”. Pues bien, repito, de cuando en cuando, una de esas nueve cabezas sale al coso taurino y dan muestras de sus facultades supremas e inmaculadas para embestir a un capote o una muleta virtuales, que es tanto como dar cabezazos al aire, que suelen ser más dañinos que dárselos contra la pared. Ya salió a la palestra aquella imbecilidad de cambiar el estribillo anunciante del Cola-Cao, de nuestra infancia, eliminando la referencia a “aquél negrito del África Tropical, que cantando cultivaba la canción del Cola-Cao”, por presunto atentado contra la dignidad de los “negros”, precisamente cuando esa canción ya no sonaba en ningún medio audiovisual, lo que no hizo sino echar leña al fuego en aras de esa indolente pretensión de querer presentarse, cual un Tarzán de los Monos cualquiera, como el defensor de esa inanidad concebida como “Lo políticamente correcto”.

Ahora, recientemente, nos hemos encontrado, movidos más por los propios españoles (que solemos denostar todo lo que supo a gloria respecto de nuestros antepasados, con sus pecados, que también los cometieron, como los cometemos nosotros a día de hoy y con mayor vileza al tener la posibilidad de acceder a los medios necesarios para enderezar nuestro rumbo), con ese movimiento americano del derribo de las estatuas y monumentos alusivos a las gestas de quienes otrora fueron considerados héroes sin ambages y hoy sometidos a un revisionismo propio de una nueva Inquisición Española, hasta el punto que, al menos, en Estados Unidos, se ha oído clamar la voz de su Presidente, Donald Trump, de que tratará por todos los medios de preservar el legado de quienes nos antecedieron en la larga novela de la Historia Mundial. Y esa ola revisionista, en pos de someter a juicio todo el pasado, cuando los protagonistas de ese pasado ya no tienen capacidad para defenderse, ni siquiera opinar, parece algo imparable, nada más y nada menos, por la sencilla razón de que, a mi juicio, el ser humano en la actualidad, ha bajado los brazos y abandonado todo tipo de principios éticos y morales, por mucho que algunos leguleyos no paren de invocar la transgresión de derechos fundamentales, como los casos ocurridos hace cuatro días, respecto de la anulación por algún Juzgado, que no merece la pena nombrarlo y más bien olvidar el nombre de su titular, de las medidas drásticas acordadas por la Comunidad de Madrid, sobre la prohibición de fumar en la vía pública o el cierre de los llamados establecimientos del “ocio nocturno”, como norma para evitar la transmisión y retransmisión del virus origen de la pandemia, que vuelve a estar desbocada, en cuanto a contagios y fallecimientos, aunque nos quieren dar gato por liebre. Haciéndonos creer que ya está todo superado (recordemos la sentencia del Pseudo-Doctor-Sánchez, de que “el virus ha sido derrotado” y las 450.000 vidas salvadas por sus medidas que el interfecto se arroga, con un descaro mayor que la cara de un buey con paperas. Y esa anulación, como venimos diciendo, fundamentada, en aras de constituir un atentado contra derechos fundamentales, obviando que el derecho más fundamental y primigenio del ser humano, es el vivir, el derecho a la vida, pero, claro, qué importancia tiene la vida de nuestros semejantes a los que podemos contagiar por medio del humo salido de la boca de los fumadores, o del amontonamiento de personas en los centros o establecimientos de “ocio nocturno”, donde no se observan las más mínimas normas anti contagio, si tenemos una ley del aborto que, anualmente, acaba con la vida de un millón de nonatos, dándole carta de naturaleza y santificando lo que no es sino un “genocidio uterino”.

Y adoptando medidas contra la historia, ya inamovible, precisamente por ser historia, en su reapertura, el British Museum va a retirar el busto que honra a su fundador (¡ahí es ná!), sir Hans Sloane, porque según parece, en el siglo XVII en el que vivió, tuvo un pasado esclavista. De esta manera tan burda y grotesca creen sus detractores que se ha terminado con la lacra de la esclavitud que sigue vigente en este pleno siglo XXI, o si no que lo pregunte a las menores de los Centros de Acogida en las Islas Baleares, obligadas a prostituirse, quizás, a instancia de quienes debían velar por su seguridad y salubridad y sobre cuya cuestión se ha echado un espeso manto para que no sea investigada, porque, seguramente, alcanzarían a personajes que aparentan ser inmaculados en la vida pública, siendo de sospechar la reacción que, en su día, tuvo Pablito Iglesias, poniendo a caldo, a PP, Cs y Vox, por pedir una comisión de investigación en el Parlamento Balear, que impidieron PSOE y Podemos. Y este es solo un ejemplo que ha trascendido a la luz pública, por la denuncia de una de las menores afectadas.

La última, para mearse y no echar gota, la del bisnieto de la famosa novelista de novelas de intriga, Agatha Christie (Agatha Mary Clarissa Miller), de sustituir, al menos en Francia y luego seguirán como borregos los demás países, el título de una de sus más emblemáticas y famosas novelas, “Diez negritos”, por el de “Eran diez”, pues intuye que a su bisabuela “no le hubiera gustado que nadie se sintiera ofendido por esa expresión”. Por cierto, que esta obra publicada en 1.939 apareció bajo el título “Y no quedó ninguno” (titulada en un inicio “Diez Negritos” y renombrada a posteriori, según dicen por reproducir estereotipos racistas en la elección original, sin que se sepa a ciencia cierta si este cambio fuera realizado por la propia autora o por cualquier movimiento estereotipado con la piel de plástico fino, aunque hasta nuestros días conocemos dicha novela bajo el rotulo de “diez negritos” y con el mismo siguió imprimiéndose).

Y es que el término negro, no deja de ser sino un adjetivo para expresar un color, o mejor, como se expresa en el Diccionario de Uso del Español, de María Moliner, “se aplica a las cosas que no tienen color ni luz; como el carbón o la boca de un túnel” o “se aplica a las cosas de color más oscuro que otras de la misma especie: `Pan negro´. `Cerveza negra´ o “se aplica a la raza humana que tiene la piel de color negro, a sus individuos y a sus cosas: `Raza negra´, `Comercio Negro´, `Bailes negros´” y también a la “persona que hace un trabajo, sobre todo intelectual, por encargo de otra, que presenta dicho trabajo como suyo mientras que el verdadero autor queda en el anonimato” (recordemos el “Resistiré” de nuestro Presidente del Gobierno o su famosa tesis doctoral) o a “un género literario y cinematográfico que desarrolla una trama policíaca en un ambiente violento o tétrico: `La novela negra´, `El cine negro´ y también a los ritos y ceremonias en que se adora al diablo: `Misa negra´ y “finalmente, en Hispanoamérica: “Tratamiento cariñoso entre novios, esposos, hermanos o de padres a hijos”. Sin olvidarnos del pago en “dinero negro”, o sea, aquél que se entrega bajo cuerda en las operaciones civiles y mercantiles en las que media el dinero y que se abstrae de la fiscalización por parte del Erario Público.

Menos mal que también hay, unos pocos, seres que tienen entre las piernas lo que hay que tener, que se visten por los pies y que dicen verdades como puños, aunque para el imaginario colectivo sean tildados de fantoches, fanfarrones, presuntuosos, fantasmas y atrevidos, como ha hecho recientemente Boris Johnson, Primer Ministro Británico, quien ha manifestado “Es tiempo de que dejemos de sentir esta repugnante vergüenza sobre nuestra historia, tradiciones y cultura, que paremos esta causa general de autoflagelación y autorrecriminación. Quiero sacarme esto del pecho”, en relación con la intención de la Directora de la Orquesta en esta temporada, la finlandesa Dalia Stasevska, en los Proms, el mayor festival de música clásica del mundo a celebrar el 12 de Septiembre, de suprimir de los himnos “Tierra de Esperanza y gloria” (Land of hope and glory”) y “¡Gobierna Britania!” (Rule, Britannia!) la letra cantada, pues a su juicio dichas letras guardan reminiscencias “esclavistas e imperialistas”.

Lo dicho, nos encaminamos hacia lo “políticamente grotesco”, adjetivo que, abusando, una vez más, del Diccionario de Uso del Español, de María Moliner, “se aplica a las cosas que intencionada o no intencionadamente provocan risa o predisposición del ánimo a ella”, añadiendo, como sinónimos, entre otros, los términos bufo, burlesco, chusco, risible, cómico y ridículo.

MIGUEL-ÁNGEL VICENTE MARTÍNEZ

2 de Septiembre 2.020

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