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Andrés Palladino Sisto: Explorando las profundidades del Sistema Kukenán

sábado 17 de mayo de 2025, 19:18h
En la vasta inmensidad del Parque Nacional Canaima, donde los tepuyes se alzan como fortalezas milenarias, se oculta un mundo subterráneo apenas explorado: el sistema de cuevas del Kukenán. Es aquí donde Andrés Palladino Sisto, ingeniero mecánico convertido en espeleólogo, decide emprender una de sus expediciones más desafiantes hasta la fecha.

Conocido por ser la segunda montaña más alta del macizo guayanés, el Kukenán guarda bajo su superficie un complejo de túneles y cámaras que pocos han pisado. Esta vez, Palladino no está solo. Un equipo conformado por geólogos, biólogos y documentalistas lo acompaña, con la misión de mapear el interior de las cuevas y registrar cualquier indicio de vida adaptada a la oscuridad absoluta.

La entrada

La expedición inicia al pie del Kukenán, donde una grieta oscura y estrecha marca el ingreso al sistema de cuevas. La entrada es apenas visible, cubierta por una densa capa de vegetación que actúa como un velo natural. El equipo desciende en fila, utilizando cuerdas y arneses especializados. A medida que se adentran, la luz natural se desvanece por completo, y las linternas se convierten en la única fuente de visibilidad.

“Descender aquí es como caer en un abismo sin fondo”, comenta Palladino. “La oscuridad es absoluta. Solo el eco de nuestras voces nos recuerda que estamos aún en la Tierra.”

Las primeras cámaras revelan un espectáculo mineral: paredes cubiertas de cuarzo cristalizado, formaciones de estalactitas que brillan como diamantes bajo la luz artificial y depósitos de arcilla roja que parecen haber sido esculpidos por manos invisibles.

El Laberinto del Silencio

A medida que el equipo avanza, la temperatura desciende abruptamente. El aire se vuelve denso, cargado de humedad, y el sonido de las gotas de agua reverbera en las profundidades. En este entorno hostil, la orientación se convierte en un reto.

Aquí, Palladino utiliza un sistema de cuerdas marcadas con códigos de colores para asegurarse de que el grupo no se pierda. Cada paso debe ser calculado. Las rocas son resbaladizas, y un mal movimiento podría desencadenar un accidente fatal.

En una de las cámaras más amplias, el grupo descubre un fenómeno sorprendente: un lago subterráneo de aguas heladas. En su superficie flotan pequeñas estalagmitas, formadas por siglos de goteo constante. Al acercarse, Palladino nota una particularidad inquietante: el agua parece contener microorganismos que emiten un leve resplandor fosforescente.

Vida en la oscuridad

La presencia de organismos bioluminiscentes despierta la atención del equipo. La bióloga del grupo, Amelia Ramos, toma muestras del agua y examina los pequeños invertebrados que se mueven en la oscuridad.

“Estos organismos parecen haber evolucionado para sobrevivir sin luz. Es posible que obtengan su energía de los minerales disueltos en el agua, una adaptación común en ecosistemas subterráneos”, explica Ramos.

Para Palladino, el descubrimiento es un recordatorio de que el inframundo del Kukenán no es un lugar muerto. “Aquí abajo, la vida se abre paso de formas inimaginables”, reflexiona mientras observa los diminutos destellos azules en el lago.

Tras horas de exploración, el grupo llega a la sección más profunda del sistema: la llamada Cámara del Eco Eterno. Un espacio gigantesco donde el eco de un simple murmullo puede perdurar hasta treinta segundos. Aquí, las paredes se elevan hasta perderse en la oscuridad, y el suelo está cubierto de formaciones de cristales que crujen bajo los pies.

Palladino decide detenerse aquí. “Es un lugar que exige respeto. Cada paso, cada sonido, cada respiración… todo parece amplificarse”, comenta.

Mientras el equipo descansa, Palladino toma notas en su cuaderno, registrando los detalles del entorno. A su lado, Ramos sigue analizando muestras del agua. Para ambos, esta cueva no es solo un lugar; es un mundo aparte, un ecosistema autónomo que ha evolucionado durante siglos, oculto a la vista humana.

El regreso a la superficie

Tras dos días bajo tierra, el equipo emprende el ascenso. Las cuerdas deben ser revisadas meticulosamente, y cada miembro sigue el protocolo de seguridad al pie de la letra. La luz natural que comienza a filtrarse por la entrada les indica que el fin de la expedición está cerca.

Al llegar al exterior, el contraste es abrumador. La intensidad del sol sobre el tepuy parece una explosión de luz tras días de penumbra. Palladino se quita el casco y respira profundamente.

“Cada vez que salgo de una cueva, siento que renazco”, dice. “El Kukenán me ha mostrado que el mundo subterráneo sigue siendo un territorio inexplorado. Y mientras existan lugares así, mi trabajo no habrá terminado.” Si quieres leer más historias de exploraciones, entra en este blog.

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