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‘El premiado y otras historias’, una recopilación de relatos y microrrelatos nacidos “desde el más completo abandono”

‘El premiado y otras historias’, una recopilación de relatos y microrrelatos nacidos “desde el más completo abandono”
viernes 22 de enero de 2016, 09:48h

‘El premiado y otras historias’ es una pequeña recopilación de relatos y microrrelatos, muy diferentes entre sí y escritos 

haciendo uso de la llamada “escritura automática”.

El autor de este libro es Juan Blas , residente en Albacete y autor del libro ‘El premiado y otras historias’, en coedición con ‘Ediciones Albores’.

Señala el autor que “esta recopilación surge de la necesidad de escribir sin pensar, sin perder tiempo en planificar una historia o unos personajes. De este modo, escribí estas obras desconociendo el final de cada una ni qué pasaría en la siguiente línea, descubriendo a los personajes y su historia particular del mismo modo que los descubre el lector. En el libro, pues, aparecen historias de amor, desamor, venganza, traición, historias con secretos sin desvelar e incluso alguna historia de humor. Todo narrado con un lenguaje directo, sencillo, sin metáforas demasiado complicadas. Además, el libro en sí y sus relatos son bastante cortos –el libro contiene 80 páginas, con la mayoría de relatos de dos o tres páginas cada uno- de modo que se lee en muy poco tiempo”.

El  libro se puede adquirir en numerosas librerías y plataformas online, tales como: Amazon, Readontime, librería Popular, El mundo, Agapea, El llat del llibre, Todostuslibros, Sophos y Exlibris.

 

Lo mejor es el ejemplo práctico. Aquí está uno de los relatos.

“El premiado”

El hombre se encuentra a solas en el salón de su casa, sentado en el sofá y sujetando el cupón premiado. No puede dejar de mirarlo, las manos le tiemblan pero no sonríe. El pálpito de jugar al mismo número estos cinco años ha dado sus frutos; lástima que el premio haya de compartirlo con su mujer, la que horas antes ha abandonado el hogar como si nada. Aunque pensándolo bien, quizás tenga una oportunidad. Sí, tras una corta reflexión el hombre se decide, se levanta y se enfunda el abrigo, se coloca su sombrero más bajo de lo habitual y se envuelve su bufanda ocultando parte del mentón; se observa en el espejo y comprueba su camuflaje. Sonríe. Guarda el boleto en el bolsillo del abrigo, sale de casa y una vez pisa la calle mira a ambos lados: nadie conocido. Emprende su marcha.

Su destino es la parada de taxis. Camina rápido y mirando al suelo, lo que le lleva a chocarse con algún transeúnte. El trayecto es corto, pero se siente observado. Acelera el paso.

Ya en la parada, se sube en el primer taxi y le pide al conductor que lo lleve a la Delegación de Loterías y Apuestas del Estado. Solo pronunciar esas siete palabras le hace temblar la voz. Carraspea, y se disculpa sin saber por qué. No se despoja de su sombrero, bufanda ni abrigo, pues sabe que enseguida volverá a estar en la calle. Intenta tranquilizarse escuchando la radio, ese programa navideño.

 De camino, su móvil suena. En la pantalla ve el número de quien ya conoce la noticia. No esperaba que se enterase tan pronto. Se muerde el labio, mientras el celular sigue cantando esa melodía de fábrica, y cuando parece arrepentirse y coloca el dedo en el botón de descolgar, es el teléfono quien para. Espera una segunda llamada, pero no sucede. Ya no hay marcha atrás.

Las calles presentan algo de tráfico, pero sabe que ya tendrían que haber llegado. Algo va mal. Se retuerce en el asiento y pregunta:

—Perdone, ¿está seguro de que es por aquí?

—Es por aquí, hay alguna calle cortada, por eso hemos de echarnos por el trayecto más largo, caballero.

Mentira. No hay calles cortadas que él sepa. Traga saliva, sus manos tiemblan. Va a pedirle al conductor que detenga el vehículo, cuando algo mucho peor está a punto de pasar: La radio interrumpe ese villancico para dar a conocer los premiados. Y empieza por el número que él guarda en su bolsillo.

—Por favor, pare aquí. Me bajo aquí mismo —le ordena nervioso.

—Vamos, es peligroso que vaya con un boleto así por la calle, caballero. Ese boleto vale una fortuna, y lo sabe. Y por la cara que ha puesto, juraría que usted es el dueño del número que han dicho, ¿verdad?

—Eso no es asunto suyo. Y además, ya deberíamos estar allí, así que seguro que andando llego antes que usted. Pare el coche, por favor, o no le pagaré.

—Ya lo creo que me pagará —le responde socarrón el taxista, a la vez que echa los seguros—. Con algo mucho más valioso que un puñado de euros. No se preocupe, podrá bajarse enseguida.

—Oiga, pero que dem… —de repente, su móvil suena. De nuevo es su mujer. Justo a tiempo.

—Sonia, escúchame. Tengo el cupón e iba a cobrarlo para después repartirlo. He cogido un taxi, y el taxista me está llevando a no sé qué lugar y pretende no sé qué cosa —hace una pausa para tragar saliva, y continúa—. Tienes que avisar a la policía y que me ayuden, o no veremos nada. Así que por favor, deja lo que estés haciendo y vuelve a casa para… —y ahí, entendió que algo no iba bien—. Un momento, ahora que lo pienso ¿por qué has salido tan temprano esta mañana?

—¿Ya has terminado, Miguel? —le dice su mujer, con una tranquilidad sospechosa—. Bien, te comento: he salido esta mañana a primera hora por una cuestión de intuición. Y si te paras a reflexionar, lo llevo haciendo los últimos dos años cuando se acercan estas fechas. ¿Y sabes por qué? Revisa el boleto y lo entenderás.

Miguel echa mano a su bolsillo, saca el boleto. Las manos le tiemblan y apenas puede girarlo entre sus dedos. Al darle la vuelta, comprueba el error. El número es el mismo, sí, pero la fecha radica del año pasado.

—Pero Sonia, ¿Qué cojones…?

—Exacto, Miguel. ¿Y a qué no sabes dónde está el bueno? Pues como te imaginas, lo tengo yo, escondido desde el primer día. Y esto, también lo llevo haciendo los últimos dos años. ¿Y sabes por qué? —Miguel puede visualizar la malévola sonrisa que se dibuja en el rostro de su esposa—: Porque te conozco; porque sé que en el caso de que nuestro boleto fuese el premiado, harías exactamente esto. Ya sabes el dicho: mujer prevenida, vale por dos. El karma me ha acabado dando la razón, por tanto yo lo cobraré todo y viviré la vida que siempre he soñado, la que me merezco. —Pausa. Miguel no puede articular palabra—. ¿Sigues ahí? ¿Miguel? ¡Ay, qué hombre más pedante, por favor! Bueno, yo que tú, le daba el boleto a ese taxista —que seguro te querrá presentar a sus amigos— y saldría por patas de allí. Con un poco de suerte, serán tan estúpidos que ni se pararán a mirar la fecha. Buena suerte cariño, y hasta nunca. ¡Ah! Y feliz navidad.

Tras esto, Miguel oye un largo pitido. Su esposa ha colgado. Y ahí, las esperanzas de ser millonario y vivir una vida de lujo se esfuman, como se iba a esfumar la traidora de su mujer. Decide descartar la idea de darles el papelucho y huir, ya que a su parecer se merece una paliza.

Una paliza por estúpido y no por avaricioso.

 

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