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Cualquier tiempo pasado fue mejor

miércoles 12 de octubre de 2016, 04:41h
Miguel Ángel Vicente
Miguel Ángel Vicente

Este refrán, perteneciente al Refranero Español, tan certero como puñetero, como más de una y dos veces he repetido, por la sencilla razón de que encierra, dentro de sí, la realidad, verdadera y cruda, a veces, de la vivencia cotidiana, sin ambages y sin trampa ni cartón, sin bombo alguno que tape, en su caso, las vergüenzas sentidas por aquel o aquellos que se sientan concernidos por el contenido del mismo y la puesta en escena, como una obra de teatro cualquiera, de lo que, en definitiva, puede, incluso, consternar al interesado. Pues bien, este refrán viene a describir que lo que acontece ante nuestro ojos hoy no supera positivamente lo acontecido en tiempos pretéritos, y si, en algunos casos, lo empleamos por puro sentimiento nostálgico, pues qué duda cabe que con el paso del tiempo las habilidades y las capacidades del ser humano sufren paulatinamente un deterioro progresivo importante (por poner un ejemplo, pensemos en nuestra niñez, que nuestro cuerpo, por así decirlo, parecía de goma, saltando, corriendo, cayéndonos, incluso, y dando de bruces de cara con el suelo, levantándonos en décimas de segundo, como si no hubiera ocurrido nada) y la torpeza, no sólo en el ámbito físico, sino también y esto es más grave, en el ámbito psicológico y mental, toma carta de naturaleza, produciendo, en no pocos casos, desazón, malestar y malhumor, al recordar aquellos tiempos en que nos movíamos como pez en el agua y respondíamos a los retos que se nos presentaban con ligereza y prontitud de reflejos. Pero esto queda, como he dicho, en ese ámbito de la nostalgia.

Mas dicho refrán tiene su sentido más auténtico y patético, si cabe, cuando hemos de referirnos al mismo, invocando tiempos pasados, al comprobar que por mucho que la ciencia haya avanzado, e igualmente ese avance se demuestre en la propia conducta del ciudadano que, al menos, en el mundo occidental parece haber logrado el colmo de la felicidad en cuanto a consecución de derechos y, por ende, el manido estado de bienestar social, todo ello derivado de, repito, el avance de la investigación en la ciencia y la técnica, con hallazgos impensables no hace tanto tiempo, con las nuevas tecnologías por delante en todos los aspectos y ámbitos, pero que, en definitiva, y pese a todo ello, dejan un vacío en el corazón y en el alma del hombre, que no acaba de llenar o colmar el mismo y que le sumerge en la duda existencial que acongoja, quizás más que nunca, al ser humano, quizás porque se ha ido transitando paulatinamente al avance en la ciencia y la tecnología, en un paralelo abandono de los principios morales, éticos y espirituales, al haber ido conformándose una sociedad en la que lo primero que prima, valga la redundancia, sea el conseguir el máximo económico, abrazando la filosofía de lo material, pisando, si ello fuere necesario, o, incluso, eliminando al vecino siempre que se interponga en nuestro camino e impida que alcancemos esas metas espurias y banales a las que aspiramos y a las que nos abocan no sólo nuestros dirigentes, desde cualquier punto opuesto de mandato, sino los propios medios de comunicación que tienden a crear en el ser humano esa especie de “avaricia”, de ser el “primus inter pares” en el materialismo, el relativismo y la banalidad como un modo de vida, arrumbando aquellos principios citados, derivados y construidos a lo largo de los siglos bajo la llamada civilización cristiana y de los que, hoy por hoy, abomina ese monstruo creado a imagen y semejanza, casi diría, de Belcebú, estando ya al límite de la situación que la Biblia nos describe de las ciudades de Sodoma y Gomorra, merecedoras de su destrucción, como único medio para acabar con el mal, y que, pese al empeño y la insistencia de Abraham, Dios no pudo perdonar, pues tal fue el envilecimiento a que sus habitantes llegaron que hacía imposible la marcha atrás, al traspasar todos los límites habidos y por haber.

Pues bien, cierto es que, lamentablemente, hoy por hoy, no podemos sino seguir lamentándonos y esgrimir ese refrán, que ya debería haber quedado en el rincón del olvido, a pocas luces que fuéramos capaces de alumbrar, pero que sigue vigente, erre que erre, como un mantra que se nos haya pegado a la piel como una matrícula y que sigue dando toques de atención sobre nuestras conciencias, por ver si de una vez por todas pudiéramos volver y regresar a la sensatez y al sentido común que debieran orientar y dirigir todas las acciones del ser humano, y tal como indica nuestra Carta Magna (en su artículo 14), cualesquiera que fueren su nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

Y es que, efectivamente, nunca el ser humano ha gozado de unos instrumentos más valiosos y ventajosos al alcance de su mano para el ejercicio cabal de la función para la que fuimos creados, léanse Constituciones Democráticas, Proclamación de los Derechos Humanos e infinidad de promulgación de leyes dirigidas a la protección de los más débiles y desfavorecidos y las tendentes a contener, mediante el castigo correspondiente a quienes, aún, pese al tiempo transcurrido desde su formulación, siguen blandiendo la famosa frase de Hobbes, según la cual “el hombre es un lobo para el hombre” (homo, homini lupus est).

Y, quizás, cada día se confirma con más convicción y certeza, que hemos perdido el norte de nuestra existencia y nuestra misión en el mundo, y bastarían unos pocos ejemplos que vendrían a demostrar tal deriva y que parecen suceder sin que nadie se inmute ni mueva un dedo ni una ceja para remediarlo, aunque fuera simplemente como una mera reflexión acerca de que algo no funciona en este coche inalámbrico en que hoy se ha convertido el mundo y en el que seguimos a toda leche sin pararnos un segundo, ni medio, a reflexionar y  pensar cuáles sean las causas de tantas y tantas cosas que suceden a diario ante nuestros ojos y que por más aberrantes, espeluznantes, horrorosas y lamentables sean, las veamos ya como cosas normales en el devenir cotidiano y siempre poniendo de manifiesto nuestra insolidaridad con ese insidioso dicho o pensamiento de “mientras a mí no me toquen”, dejando en la estacada y en el abandono al prójimo. Y así nos luce el pelo.

Y así, en estado de cosas y en este cultivo en el que vegetamos, o sobrevivimos más que vivimos, suceden los casos de las Preferentes o de las Tarjetas Black, maquinados y llevados a cabo por personas sobre cuyos hombros descansaban los pilares del presunto bienestar de la sociedad y la protección de los ciudadanos de a pie; o de la supercorrupción política, que ya es gangrena en el Partido Popular, que es el Partido que ha gobernado los últimos cinco años, incluido el de estancia en funciones, y responsable último de ese bienestar y de la defensa material y personal de 47 millones de almas, y cuyos prebostes máximos se llaman andana, como si ellos acabaran de aterrizar en esas pantanosas y movedizas tierras de las alcantarillas, llegando ya al paroxismo la última, anteayer, revelación del Diario “El Mundo”, del “powerpoint” sobre la financiación ilegal del Partido, manual trasladado por los responsables nacionales a los dirigentes territoriales para ocultar las donaciones recibidas y burlar los controles del Tribunal de Cuentas en materia de gasto electoral, y todo ello en pleno apogeo del juicio sobre el caso de la “Gürtel”, siendo lo paradójico que cuanta más corrupción se descubre en el Partido Popular (no olvidemos que es el primer partido que en la reinstaurada democracia española, se sienta en el banquillo de los acusados, aunque sólo sea por ser beneficiario civil de las resultas de la esquilma llevada a cabo por no pocos cargos del mismo con la connivencia de empresarios y por medio de los conseguidotes de turno, que ya es hilar fino para no inculparle de algo más grave que está en la mente de cualquiera que tenga dos dedos de frente) más suben en las encuestas sus expectativas de repetir mandato, lo cual lleva a la conclusión de que, o todos somos cómplices, o de que hemos perdido el juicio (mental, me refiero).

O, por poner otro reciente caso, la concesión del Premio Nobel de la Paz al Presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, por la Academia Noruega encargada de conceder tal galardón, a poco menos de cinco días de que el pueblo colombiano haya rechazado en referéndum el acuerdo firmado con las FARC, por la vejación que supone para las víctimas los términos del mismo y la idolatrización que se hace de “Timochenko”, cohiba por medio, y compañía. O, por no salir de Oslo, aquel otro Premio Nobel de la Paz otorgado al casi ya ex-Presidente Barak Obama, cuando aún no le había dado tiempo de decir esta boca es mía, tras su elección hace ya ocho años, y dejando vivo el enjambre de Guantánamo, que se comprometió a cerrar como una de sus primeras medidas de Gobierno. Y por no salir de los USA, los aspirantes a Presidente actuales, Donald Trump y Hillary Clinton, que ya me dirán Vds. el perfil presidencial de ambas “figuras”.

En fin, podríamos extendernos hasta el infinito, pero me temo que no haya papel para poner de manifiesto tanta decadencia, excrecencia y experiencias tan malsanas, funestas y nefastas como nos asolan día sí y día también.

En este caldo de cultivo, no es de extrañar que el referido refrán “cualquier tiempo pasado fue mejor”, cobre cada día más actualidad y no sea simplemente una mera implosión de nostalgia.

MIGUEL-ANGEL VICENTE MARTINEZ

12 de octubre de 2016

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