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Sobre el bien y el mal (III)

miércoles 09 de enero de 2019, 06:28h

Y abundando en este asesinato alevoso, con nocturnidad y alevosía, los abortos crecen, por primera vez, en cinco años, según los datos publicados, por el Ministerio de Sanidad, llegando en 2.017 a la cifra de 94.123 interrupciones voluntarias del embarazo, un uno por ciento más que el año anterior 2.016 (93.133), lo que, en definitiva, supone una cifra escandalosa ante la que callan los defensores a ultranza de la vida de los diablos terrenales, pasando de soslayo sobre esta dramática realidad, mirando para otro lado y a otra cosa mariposa, habiendo advertido los expertos que “el aborto se consolida como método anticonceptivo”.

No es de extrañar que haya cundido la alarma, ante los recientes datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE), de que los nacimientos (179.794), en este país, aún hoy, a duras penas, llamado España, en el primer semestre de 2.018 hayan descendido un 5´8% respecto al mismo periodo de 2.017, al tiempo de que en ese mismo período perdieron la vida 226.384 personas, un 2,1% más. Datos que revelan que, a este paso, la sociedad española tiende a extinguirse, y lo que es peor aún, es que no hay relevo generacional aportante a la Seguridad Social para pagar las escalofriantes cifras que suponen el desembolso de las pensiones. Pero, lo más alarmante y lo que ha encendido todas las alarmas, es que España registró en esa primera mitad del año 2.018, la cifra más baja de nacimientos y la más alta de defunciones (sin contar las derivadas del aborto), ¡átense los machos!, desde la posguerra, cifras que nos retrotraen hasta el año 1.941, cuando comenzó a contabilizarse la población en nuestro país, para encontrar niveles similares, niveles en los llamados “años del hambre”. Y ahí es, quizás, donde está la madre del cordero, porque, en realidad y aunque las anteojeras mastodónticas de nuestros gobernantes nos digan lo contrario, el clima económico, tras la depresión iniciada por la crisis desde 2.007/2.008, es análogo o semejante, si no peor, que el vivido en los años de la posguerra. O sea, que esos años del hambre han vuelto y siguen vigentes, habiendo quedado sumida la población en la vorágine de la miseria, la pobreza, la ruina y esa hambre derivada de éstas. Porque, a ver quién es el guapo que se lanza a procrear con un sueldo mísero en un trabajo temporal, por horas o, como mucho, semanas, independientemente del desembarco de la mujer en el mercado laboral, abandonando su papel de mera parturienta, lo que impide la conciliación familiar, unido a la avanzada edad en que hoy en día se produce la emancipación efectiva del claustro familiar, precisamente, a mayor abundamiento, por esa penuria económica.

Y en relación con este espinoso pecado capital y mortal, el Uno de Junio de 2.010, 50 Diputados del Partido Popular, presentaron ante el Tribunal Constitucional un recurso de amparo contra la Ley del Aborto que se aprobó bajo el Gobierno del inefable Sr. Don José-Luis Rodríguez Zapatero, con Bibiana Aído como estrella estelar. Ley que hoy continúa en vigor, porque el Gobierno de Mariano Rajoy, que llegó a La Moncloa, en Diciembre de 2.011, aupado entre otras promesas electorales incumplidas (un verdadero fraude electoral), en la de derogar aquella Ley, se achantó por miedo a la ultraizquierda y vendió su alma al diablo, y no sólo no la derogó, sino que la dio por buena, tomándole el pelo a todos los españoles, limitándose, para lavar su mala conciencia, simplemente, a exigir el consentimiento de los progenitores para el aborto de las menores de 16 años, lo que dio lugar a la dimisión del entonces Ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón y el voto negativo o la abstención, rompiendo la disciplina de voto, de unos pocos diputados del Partido Popular, consecuentes con sus principios éticos y morales, y que no tardaron en ser purgados como en tiempos de La Inquisición, pues poco faltó para quemarlos en la hoguera. Y no parece que haya voluntad por parte del Tribunal Constitucional de resolver este recurso, que ya duerme el sueño de los justos más de ocho años (lo que abunda en el estado caótico que hoy en día preside también la Justicia Española, otro de los baluartes del Estado de Derecho en estado de descomposición, putrefacción y en horas bajas), y sin que haya previsión a la vista de debatirlo en el Pleno del Alto Tribunal, pues según la Vicepresidenta del mismo, Encarnación Roca, echando pelillos a la mar, o más bien, haciéndose la loca, “hay otra virtud de los jueces, que es la oportunidad y la prudencia. Ya lo debatiremos”, respuesta breve y muy significativa, de que abordarán el tema para cuando las ranas críen pelo, o sea, nunca. Sin darse cuenta de que sus Altas Señorías, se han convertido en cómplices necesarios para amparar el desafuero de 100.000 asesinatos silenciosos al año, convertidos en un genocidio uterino, lo que les deslegitima para ejercer el cargo de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado, quedando sus togas y sus puñetas bañadas de sangre inocente. No es de extrañar que un ensordecedor grito silencioso invadirá, de por vida, las conciencias de quienes tan injusta como impunemente, impiden a ciertos seres ver la luz del día. Y en ese estado de descomposición y putrefacción de la Justicia, lo que ponen de relieve resoluciones judiciales que día a día parecen alinearse y dar por buenos los execrables actos de los delincuentes, tales como la última de la Audiencia de Navarra, de mantener en libertad a los integrantes de la maldita llamada “La Manada”, hasta que el Tribunal Supremo decida sobre los recursos presentados por sus defensores, sin tener en cuenta que ya hay dos sentencias condenatorias por solo abuso sexual, y no por agresión o violación, tal como un ciego lo vería con total clarividencia y en toda su dimensión y sin lugar a dudas, una de ellas, de la propia Audiencia de Navarra, dando alas a los desalmados y pareciendo querer proteger a quienes no debieran ser objeto de la más mínima concesión y conmiseración, provocando un efecto contrario, pues desde que este cuarteto de malnacidos cometieron sus actos delictivos, las agresiones y violaciones sexuales en grupo se han multiplicado al apreciar los comitentes de tales actos delictivos la flaqueza, la fragilidad, la blandura y la debilidad de quienes tienen encomendada por ley la alta función de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado en beneficio de la sociedad, y dejando en el desamparo, el abandono y el desvalimiento más absoluto, no solo a las víctimas directas objeto del delito, sino también a las víctimas indirectas (parientes, amigos, convecinos y conocidos de aquélla o aquéllas amén de a la casi totalidad de la población de bien de España), haciendo cada día más necesaria la regulación y la exigencia de responsabilidades personales y económicas a quienes desde el Estrado (quizás, por considerarse superiores a los ciudadanos de a pie) no juzgan como debieran hacerlo los hechos que se someten a su enjuiciamiento y justiciamiento. Y otra cosa más que añadir a este despropósito de resoluciones, el temor de que el Alto Tribunal, o sea, el Tribunal Supremo, siguiendo los parámetros del Tribunal Constitucional, tardará como mínimo dos años (si es que no son más) en resolver los recursos presentados ante su instancia, de manera que la justicia llegará cuando los hechos socialmente (no para los afectados directos o indirectos, que quedarán marcados para los restos) se haya olvidado, dejando con el culo al aire el principio de la inmediatez de la justicia, como premisa esencial y “sine qua non” para que la justicia sea efectiva y ejemplar.

Desde luego, no faltarán “almas de cántaro”, como pone de manifiesto, en su columna en el Diario “El Mundo”, Santiago Gónzalez, el pasado 24 de Diciembre, Día de Nochebuena (dando cierto temblor y crepitar de dientes, la Nochebuena que deberán haber pasado y seguirán, hasta el final de sus días, pasando, los familiares, amigos y convecinos de Laura Luelmo), léanse calzonazos travestidos de seres seráficos, insensibles al dolor y al desgarro, como el periodista Ignacio Escolar que, según aquél, denunció “el discurso del odio contra Ana Julia” (la asesina conversa del niño Gabriel), basándolo en que “era mujer, inmigrante y negra”, tratando de construir un muro que taponase o la eximiese de tan execrable cual macabro asesinato, porque ese odio no se basa en ninguna de estas tres razones que aduce tan locuaz plumilla, a la vez que insidioso papanatas, sino en el repugnante, inmundo y nauseabundo hecho de haber asesinado a un inocente niño de ocho años, o ¿es que de haberlo cometido un “varón, nacional y blanco” nos hubiera parecido un hecho digno de aplauso, elogio y laudatorio y no hubiera generado el mismo odio? Aquí bien podrían venir a colación y las suscribo y hago mías, aquellas palabras del que fuera cantautor de moda en los años setenta, Patxi Andión, de una de sus canciones: “Odio a quienes regalan palabras, como si fueran flores… y los veo adornando las terrazas, criticando el color barato de una camisa que pasa… escupiendo la verdad de su mentira… y son sordos sus oídos a mis quejas y son ciegos a la mugre y a la pena…”.

Quizás, admitiendo esa cadena perpetua (aceptando pulpo como animal de compañía), como mal menor, ante la monstruosidad cometida por estos energúmenos, los reos de la misma, deberían ser sometidos a trabajos forzados sine die, a fin de que reviertan a la sociedad algo positivo por el ejercicio de sus maldades, y aun a sabiendas de que jamás, por mucho que se castigue a un delincuente de este tipo, la víctima recobrará su vida ni sus familiares, amigos y convecinos el sosiego, la paz moral y el sentimiento de que el autor de tal monstruosidad pene lo suficiente para servirles de consuelo por la pérdida sufrida.

PD: Se recomienda la lectura, sin solución de continuidad, de las tres partes en que se divide este artículo.

MIGUEL ÁNGEL VICENTE MARTÍNEZ

09 de Enero 2.019

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