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Radiografía de un país (XIII)

miércoles 10 de abril de 2019, 04:19h

Ante el panorama de espanto que, asomando la cabeza por cualquier ventana, nos produce la visión de lo que hoy, en día, es España, sí, ese país, aún hoy, a duras penas, llamado de tal guisa, no queda más remedio que encomendarnos a Dios y pedirle que, por obra y gracia de su misericordia, tenga compasión de los siervos que habitan la piel de toro y, en aras de sacarnos del estado de estulticia, necedad, estupidez, sandez y bobería, en que nos hallamos, nos ilumine de alguna manera por si aún estamos a tiempo de coger el tren de la sensatez, de la prudencia y de la cordura, o que, al menos, nos haga capaces de comportarnos con una cierta lógica, razón y seriedad. Porque, y a la vista está, lo que se nos ofrece a diario por toda esa caterva de líderes políticos que no sirven sino a su señor, es decir, a sí mismos, que solo buscan su entronización en la cúspide más alta del poder, o sea, aposentar el antifonario en la poltrona, con la única y aviesa intención, de poder dominar a la masa popular y, aunque resulte duro reconocerlo, pasarla por la piedra, exprimirla hasta límites insospechados, como se exprimen las aceitunas en una almazara, para sacarles todo el jugo posible, hasta la extenuación, pero sólo para servicio propio, y arrojando, los restos, el orujo o el perujo, al montón de la basura, para que sean pasto de las alimañas más infectas posibles, a fin de no dejar huella de lo acontecido, y así poder dormir a pierna suelta, y así hasta la próxima cosecha, convertida en la petición del voto, de una manera truculenta, fraudulenta, engañosa, falaz, amén de atroz y cruel, prometiéndonos poco menos que el desembarco en la Tierra Prometida, como si la llegada a la misma no hubiera ocurrido hace miles de años, bajo la dirección de Moisés respecto del pueblo hebreo, llegada al Paraíso, sin tener en cuenta que de éste, Dios Todopoderoso expulsó a la primera pareja de la Humanidad, Adán y Eva, por contravenir la orden dada a los mismos de no comer del fruto del árbol prohibido, o séase, de la manzana, en una premonición de lo que le pasara a Blancanieves, en el cuento de tal, aunque ésta pudo zafarse del mal de la muerte o del sueño eterno con el beso de un apuesto príncipe, que la devolvió a la vida como si nada hubiere pasado, mas me temo que, hoy, a golpe de buen cubero, y ni aún así, no está el horno para bollos y el sueño del despertar del mismo, no está al alcance de hacerlo con un solo beso, aún más, hoy bien podría darse la circunstancia de contar más bien, con un beso de Judas, lo que haría aún más insalvable el futuro de esta humanidad que se esfuerza en el día a día en cavar su propia fosa, con la ayuda inestimable de nuestros propios mandamases, a todos los cuales habría que mandarlos a hacer leches, tal como se expresa en el lenguaje popular y en el acervo del romance paladino. Pero, a decir verdad, dichos mandamases o prebostes, o gerifaltes, se agarran, como gato panza arriba, a un clavo ardiendo, con tal de seguir con la dinámica que nos conduce inexorablemente al fin del mundo, y a los cuales habría, aparte de lo dicho anteriormente, correrlos a gorrazos y hacerles ver que el pueblo no está integrado por una masa de carne con ojos, que se somete, sin remisión, a los dicterios, a las soflamas y a los mandatos, de quienes por no saber, no saben, en realidad, ni leer ni escribir, personajes carentes de la más mínima formación académica, intelectual y espiritual, pudiéndose revertir la tortilla y considerar, sin temor al equívoco, que los verdaderos sujetos masa de carne con ojos, o quizás sin ojos, son ellos mismos, y siendo condescendientes, añadir que con esos ojos no ven más allá de sus narices, que no es otra cosa, que engordar la faltriquera propia, enseñorearse de los oropeles del poder y pasearse por doquier haciendo gala de una falsa e impostada sabiduría, creyendo que dejan con los ojos abiertos a los ciudadanos. Mas, es difícil luchar contra esta morralla, puesto que esos gerifaltes, esos mandamases, esos prebostes, ya se han guardado bien, valga la redundancia, de guardarse las espaldas, construyendo todo un ejército a su alrededor de acólitos, adláteres, corifeos, paniaguados y mamandurrieros, que, generalmente, por un plato de lentejas, defienden a muerte al primer espada correspondiente, tragando carros y carretas y encantados de haberse conocido y creer que los burros vuelan, pues no son sino como esos seguidores del gurú de una secta (en el fondo los Partidos Políticos no son otra cosa que sectas), que, a capricho del mandamás son capaces de suicidarse sin reflexionar acerca de los motivos y tragando piedras de molino, con la facilidad como se traga uno una aspirina si ésta no es efervescente.

Dicho lo cual, no sé yo si merece la pena seguir calentándose los cascos para intentar acercar la luz de la vida y de la verdad a quienes vagan a oscuras y siguen como en un rebaño de ovejas al macho cabrío dirigido por el pastor de turno, pues visto lo visto, seguimos, erre que erre, incidiendo en los mismos errores una tras otra vez, y sobrevivimos porque la naturaleza humana es demasiado fuerte para hincar el pico a las primeras de cambio, pero el camino por el que transitamos, desde luego, no nos conducirá al Paraíso Terrenal y mucho menos al Celestial, o sea, a ese Estado de Bienestar Social, que todos los aspirantes al trono del poder máximo tienden y desean, lamentablemente, como digo, con la sola y única finalidad de servir sus propios intereses y dejando de lado los intereses de la generalidad de la población, servicio al interés privado y particular, frente al interés general y público. Así nos luce el pelo y así nos encontrarán el día en que se analice si de verdad merece la pena estar incursos en unos regímenes que se autotitulan de democráticos, y en los que por regla general no acaban sino vulnerando los Derechos Fundamentales de los ciudadanos, como un rodillo, en pos del bienestar de unos pocos, que, ¡oh, casualidad!, son esos mandamases que se ciscan en el mal, en la pobreza, en el sufrimiento, en la penuria y la miseria de un pueblo que acaba bajando los brazos como último resorte defensivo.

De esta manera, no se entienden muchas cosas, o mejor dicho, sí se entienden, y sólo por poner dos ejemplos que nos iluminarán ampliamente, para comprender que este país, aún hoy, a duras penas, llamado España, necesita un lavado, no de cara, que también, sino de fondo, o sea, pasar la motosierra a fin de que se acabe con todas las malas hierbas que se han dejado crecer indolentemente, y volver a hacer una nueva siembra, después de una desinfección a fondo del terreno, y esperar a que fructifique de nuevo con plenitud. Uno de ellos, de los ejemplos a que me refiero, lo constituye, el haber, de nuevo, el malsano Gobierno del PSOE de Pedro Sánchez, impuesto la obligación de fichar en todas las empresas, o sea, firmar al entrar y al salir del trabajo, dicen que para controlar las horas extras que no se pagan, como sin con esta obligación formal el empresario que quiera escaquearse de tal no obligará a sus empleados a firmar las horas justas de su jornada laboral, a fuer de no poner en peligro su puesto de trabajo, lo que obliga, una más, a una nueva práctica burocrática improductiva, que irá en perjuicio de la empresa, a la que se le exige a grito pelado que cree empleo, y supone un coste añadido a tantos como ya debe asumir, y que, además, choca contra la práctica de las empresas que tienen, casi diría que por ley, adquirida una bula, para vapulear a sus empleados hasta la extenuación, porque, que yo sea, la banca, o más bien, la gran banca, obliga a sus empleados a trabajar, por las tardes, una jornada adicional más, de cuatro o cinco horas, añadidas a las de las mañanas, sin retribución alguna por ello, y ¡Ay del que quiera escaquearse! , a la mañana siguiente se está apuntando al paro, y eso que estas entidades gozan de delegados sindicales, que, por lo que se ve, duermen el sueño de los justos y solo hacen que servirse a sí mismos, y a su señor. Y es que lo de los Sindicatos también habría que analizarlo largo y tendido.

O la estadística que se nos ha hecho llegar de que más de un millón de empleados faltaron cada día a su puesto de trabajo en 2.018, suponiendo este absentismo a las mutuas y a las entidades gestoras de la Seguridad Social un coste de 7.498’54 millones de euros, y a las empresas de 6.900 millones de euros, debiéndonos preguntar cuántos de ese largo millón de faltas al trabajo diario en nuestro país gozan de una cobertura real y legal, por lo que habría que exigir a los médicos, que tan alegremente dan la baja a los empleados por cuenta ajena, a que fueran más rigurosos y más verdaderos y las dieran cuando de verdad fueren precisas y necesarias, o sea, cuando estén justificadas, pues a mí, personalmente, ya me han ofrecido, en más de una ocasión, darme la baja, a instancia del propio médico, lo cual es de juzgado de guardia. Así como en su día el Ministerio de Sanidad inquirió a los médicos a no recetar, o mejor dicho, recetar moderadamente , aunque más bien lo primero, y cuando fuere necesario, medicamentos, para restringir el gasto astronómico que la alegría de la receta suponía para las arcas del Estado, también debiera instar a los galenos a no ser tan espléndidos con estas cosas, debiendo la Inspección competente vigilar de cerca estos excesos.

Y, por si fuera poco, para medir el alcance de la Unión Europea, ese monstruo creado para mayor gloria de los ociosos gerifaltes, la misma no es capaz siquiera de acordar ninguna medida sobre el cambio horario. Ahora bien, seguro que para autosubirse el sueldo no habrá habido pegas.

MIGUEL ÁNGEL VICENTE MARTÍNEZ

10 de Abril de 2.019

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