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Por poco

miércoles 04 de diciembre de 2019, 04:53h

Sí, por poco, o sea, que poco ha faltado para que el criminal, confeso, de la muerte, tras el secuestro y la violación de la pobre Diana Quer, haya subido a los altares de la ignominia, la insensatez, de la infamia, de la vergüenza y del oprobio. Solamente ha faltado oír la perorata de la letrada defensora de oficio del susodicho animal, María Fernanda Álvarez, que tratando de exculpar de la manera más zafia, grosera y chabacana a su patrocinado y defendido, José Enrique Abuín, para la cual ha sido víctima del trabajo de unos investigadores que “buscaron pruebas para acreditar el asesinato y la violación” del mismo, al parecer y según se intuye de su argumentación, con la aviesa intención de “incriminarlo por lo que no hizo”, y todo ello con la imprescindible colaboración de los medios de comunicación, los cuales “fabricaron un monstruo, un depredador sexual al que se le privó de nombre y apellidos”, despreciando a los mismos “por repartir piedrecitas para la lapidación del Chicle”, y ya puesta en harina la tomó con la investigación policial, para ella, “la menos rigurosa que he visto en mi vida” (no sé yo si esta señora o señorita, que parece joven y da muestras de estar verde, ha tenido numerosas experiencias respecto a las investigaciones policiales), por lo que denunció la indefensión de su cliente por un proceso “que no ha sido justo” y que la sala de vistas se ha convertido “en una farsa”, todo ello con la perversa y malintencionada intención de evitar una condena por asesinato y violación que abriera las puertas de par en par a la pena de prisión permanente revisable, insistiendo al jurado para lo que “no hay pruebas”. ¡Menos mal!, que reconoció que “mi defendido no es inocente: es culpable” de la muerte de Diana Quer “y eso es un dolor infinito y permanente, pero esto no justifica” la pena máxima del Ordenamiento Jurídico Español, y dando por sentado que “no estamos aquí para vengar a nadie” (ea, pues que se lo pregunten a la víctima a ver qué dice y qué le parece ese teatral ardor en exponer estos argumentos, con la perversa intención de conseguir una mínima condena para su defendido, como ella le llama, mientras la misma yace bajo el suelo criando malvas y habiendo perdido toda posibilidad de vivir y alcanzar la felicidad terrenal). Pero esto, es lo que ya dijimos en el artículo anterior: “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”, o sea, el muerto, bien muerto está, y si ya está muerto para qué preocuparnos por él, incluso, llegado el caso, que le den morcilla, mientras que el asesino está vivo y coleando y hay que buscar la manera de que sufra, si es que ha de sufrir, lo menos posible y que más pronto que tarde, se vaya de fiesta, riéndose de la víctima, de sus familiares, de sus amigos, de la justicia, de la sociedad entera y de la propia letrada. Y es que el relato que expuso tan insigne defensora de los asesinos y violadores, es que Abuín no acudió a la nave abandonada de Asados para violar a Diana (quizás porque ya la había violado con antelación), aunque es más creíble que la violación o violaciones las consumara en dicha nave, y que si acudió a ésta fue solamente para “esconder el cadáver” tras acabar con la vida de la pobre y desgraciada Diana, aquel 22 de Agosto de 2.016 en A Pobra do Caramiñal, de manera accidental, al ser sorprendido robando gasoil, pues “creyó que lo iba a delatar”, lo que originó “la reacción que tuvo y ojalá no la tuviera (menos mal que aquí echó un cuarto a espadas y abogó porque esa reacción no hubiera sido lo suficiente para provocar la muerte de la víctima: aún hay que reconocer un cierto corazón y conciencia en tan ínclita defensora), fue instintiva, irracional, no le dio tiempo a pensar, se bloqueó y continuó con su relato, más propio para un guión de Alfred Hichot, con que “es imposible”, que en el breve tiempo de cinco minutos “alguien pueda reducir a una mujer, inmovilizarla, meterla en el maletero y hacerlo todo en silencio”, cuando “no es lo mismo hacer eso con un cadáver que con una mujer viva”, sin reparar que cuando un violador o asesino de la ralea de su defendido decide actuar utiliza una fuerza infernal y diabólica, que, de entrada, deja paralizada a la posible víctima, que no se lo espera y la pilla de sorpresa, y más teniendo en cuenta la complexión de Diana, una niña de 18 años, delgada y de apariencia, al menos, débil, y sin contar con que bien pudo darle un golpe que la dejara, si no inconsciente, sí sin capacidad para reaccionar y defenderse. Y le tocó el turno a la Fiscalía, a la que también puso de hoja perejil, por dibujar un perfil de Abuín propicio para cometer un crimen sexual: “el móvil era que salía a cazar, esa era la película” (aunque desde luego para película la de la letrada, como única actriz estrella, donde ella, como Juan Palomo “Yo me lo guiso y Yo me lo como”), continuando con que “una cosa es ser un ligón baboso (¿lo habrá comprobado en sus propias carnes la letrada?) -por salir con un amigo a ver niñas a las puertas de los institutos- y otra es ser un depredador sexual”. Siguiendo con su fantasmagórico y fantástico relato, la letrada también la tomó contra los forenses, a los que acusó de “manipular” el cadáver para introducir pelo dentro de la brida, que los investigadores y los propios forenses consideraron el arma del crimen: “la brida nunca estuvo en el cuello de Diana”, sentenció la abogada. Y ya, para rematar esta ilusoria versión insistió en la atenuante de la confesión: “si no fuera por la confesión de José-Enrique –una vez fue detenido en diciembre de 2.017- no estaríamos aquí” porque los investigadores “no tenían ni idea” de dónde localizar el cadáver de la joven madrileña”, ¡una confesión hecha tras su detención y un año y cuatro meses después de cometer los crímenes!, o sea, cuando se vio acorralado por los cuatro puntos cardinales. Si esa confesión sirviera como atenuante, sería como para darle en la cabeza con el Código Penal a quien tal considerara. Desde luego si triunfaran las tesis como la mantenida por la Abogada del Chicle, estaríamos en un país (en realidad, sin mantenerlas lo estamos) en el que el criminal sería considerado como un pobre desgraciado al que los investigadores, los forenses, la policía y la sociedad en general, desearían la condena más amplia y posible, pareciéndome poca, a mí, particularmente, la prisión permanente revisable.

Y añadir, que el primer veredicto del Jurado Popular fue desechado por el Juez, al considerarlo falto de fundamentación y contradicciones y errores formales, poniendo en la picota la institución del Jurado, reinstaurado en la Constitución de 1.978, imitando a los Estados Unidos de América (y luego nos entran esos aberruntos contra el Tío Sam), en una dejación en manos de legos y, a veces, casi analfabetos, una decisión tan técnica y compleja, jurídicamente hablando, en una muestra más de cómo la Administración Pública, en este caso, la de Justicia, trata de escaquearse de sus responsabilidades y obligaciones y cargarlas sobre los hombros de los ciudadanos de a pie, pues por la misma razón se podría prescindir de los Jueces e instaurar Tribunales Populares, ¿me cogen la idea?

MIGUEL-ÁNGEL VICENTE MARTINEZ

4 de Diciembre de 2.019

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