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La clase

Por Miguel Ángel Vicente
miércoles 04 de agosto de 2021, 06:43h

En este mundo actual (el peor de la historia de la humanidad, con diferencia), en el que nada es verdad ni nada es mentira, todo disfrazado de frases grandilocuentes, pomposas y rimbombantes, con las que el autor se hincha como un globo y le hacen saltar los botones de la camisa y de la chaqueta, quedando en estado, poco menos, que catatónico, y generalmente sin saber lo que se dice ni cómo se dice, causando, en no pocas ocasiones, valga la redundancia, la hilaridad entre quienes tienen cierta cultura y preparación educativa, pero que, no obstante, entre la caterva que rodea al orador, generalmente, de una calaña muy inferior a la de aquél, ya que, de lo contrario, podría alguno poner algún reparo a la lava, que se expande cordillera abajo, como cuando un volcán entra en erupción, de lo que ya muy bien se guardará si es que el interfecto quiere seguir manteniendo el puesto de chupóptero (que es definido, con gran acierto y verdad, por el Diccionario de Uso del Español, de María Moliner, como “Persona que disfruta un sueldo sin trabajar o que vive sin trabajar” y lo equipara a “Parásito) y no es procedente, acostumbrado a no doblar el espinazo, ponerse a trabajar cuando se ha disfrutado de la holganza en el trabajo, aunque bien remunerado, pues sólo les es exigible a estos parásitos, adular al mandamás (que también entra dentro de la definición antedicha), reírle las gracias y, sobre todo, jalear y aplaudir (hasta que las manos echen fuego o se rompan) detrás de cada ocurrencia del gerifalte, que suele rodearse de mediocres, vulgares y grises personajes que, en realidad, no valen ni para peinar las crines de un mulo.

Pues bien, esos gerifaltes, que por tocar pelo, es decir, por obtener un puesto desde el que exhibir cierto poder, según la estabulación de su cargo, se cree, poco menos, que un personaje fuera de lo común, de un personaje inigualable en la faz de la tierra, de un sujeto que considera que su posición se debe a estar investido de una pasta especial, ajena al resto de los mortales, y que, por tanto, en su infinita ignorancia e inepcia, se cree con el derecho a ser idolatrado por las masas, amén de ser adorados, admirados, venerados y reverenciados por sus congéneres, que no gozan de la naturaleza de los mismos y que consideran, como en un artículo en el Diario “ABC” consideraba Salvador Sostres, al Rey, como una persona de origen divino, situado, como Dios, por encima del bien y del mal, incluso por encima del Creador, aunque a un menor nivel que aquél, pero, en definitiva, ser objeto de culto cuasi religioso, aunque el interfecto no comulgue con las creencias de la Santa Madre Iglesia, y sea el más ateo del universo, pero, amigos, las pompas y la pleitesía, la inclinación de la cerviz de sus semejantes les ponen más que encontrarse a una Sabrina u otra tía buena desnuda.

Y en ese afán de significarse, quieren demostrar la ostentación de una “clase”, como calidad de una persona, en cuanto a distinción y elegancia, la cual, en estos términos, es una cualidad con la que se nace y es imposible adquirirla por aprendizaje y práctica, en lo que incide José F. Peláez, en su columna de opinión, escrita en el diario “ABC”, del pasado lunes día 2, “… como no se elige tampoco… la clase, la elegancia… que no se pueden comprar con dinero…”. O sea, que el que tiene clase, la tiene por origen, desde el nacimiento, que más o menos viene a ser como el bautismo, que deja huella indeleble. Por ello, es grotesco que estos personajillos, que carecen, de entrada de cualquier tipo de cultura y de preparación para ejercer los cargos que les son asignados, y cuya carencia la van dejando como reguero a la manera como ocurriría con una garrafa de aceite agujereada y transportada en un carro, acaban dejando a los mismos con el culo al aire y es que por más que se esfuercen, por más que estiren el cuello (sobre todo a la hora de ser fotografiados en los eventos más patéticos, ridículos y hueros), creyendo que se constituyen en adonis o en los árbitros de la elegancia (ejemplo supremo lo tenemos en nuestro Pseudo-Doctor-Sánchez, alias “Pinochón”, que se parte de lo bueno que está y que parece con sus andares más que un Presidente del Gobierno el chulo de algún lupanar) y que van rompiendo corazones por donde pasan, y tratan de emular a esos personajes que gozan de la clase, categoría y distinción innata a su naturaleza y que, con toda naturalidad, la despliegan por allí donde vayan, sin darse por aludidos y sin tener que demostrar lo que son y a lo que, por mucho empeño que le pongan, jamás conseguirán, pues ya lo dice el Refranero Español, tan certero, como, a la vez, tan puñetero, que “la mona, aunque se vista de seda, mona se queda”. Item más, la inmensa mayoría, por no decir todos, se desplazan como levitando, por esa creencia, absurda, incierta y falsa, de que se hallan en un estadio superior al resto de los mortales y que han sido elegidos por la varita divina, por ser vos quien sois, y deberían por condescendencia y respeto hacia los ciudadanos de a pie, no salir de casa sin una raqueta de pimpón tapándoles la cara (más bien el careto), entre otras cosas, por ese otro refrán, igual de certero y de puñetero, que sentencia que “la cara es el reflejo del alma”, a lo que no cabe añadir comentario alguno, ya que por sí solo está claro, clarísimo, a lo que se refiere.

Y si un pueblo, una ciudad quiere hacer gala de distinción y de categoría de manera análoga a como hemos indicado de nuestros capos, hay que hacer un esfuerzo, sobre todo desde la perspectiva de éstos, para que esa “clase” innata a quienes la poseen desde su nacimiento, se pueda extender a la ciudadanía, a un pueblo concreto, que, en definitiva, defina a sus gentes y sea loable por propios y extraños. Claro, que con una caterva de cazurros, zotes, horteras y paletos, tales como los que ostentan el poder municipal, está claro que es misión imposible, incluso contando con la ayuda de esos multimillonarios que gastan sus dineros en lanzarse escopetaos hacia la luna.

Y no es que, para conseguir el fin aludido, sea necesario oír misa diaria y ser incensados semanalmente, sino que hay que contar con personas preparadas, sobre todo culturalmente y con conocimientos, sensatez y sentido común, y rodeadas, no de esos chupópteros, cuya misión es chupar la sangre al contribuyente para vivir a cuerpo de rey, y sin pegar un palo al agua, y no hay mayor contraindicación para alcanzar el fin propuesto que desdeñar las señas de identidad de una comunidad, que dejan huella indeleble y constituyen las directrices que conducen a la misma hacia un futuro y destino ciertos y seguros.

Pongamos que hablo de Albacete, con ese machacón ADN que se pretende inocular en el cerebro de los albaceteños, y que tiende a que éstos sientan orgullo de su tierra, de sus gentes y de sus costumbres y lo transmitan de generación en generación y si, es posible, incluso fuera de nuestras fronteras, hablando eufemísticamente. Mas, si quienes tienen que cuidar lo poco que tenemos en esta ciudad (hay que ser conscientes de ello), se dedican a sestear, a mirarse el ombligo, a hacerse la foto innecesaria y solo para disfrute del concernido, y de una puñetera vez se pusiesen a trabajar, de verdad, con el mono puesto si fuera necesario y dejarse de pijotadas y de presumir de lo que se carece, quizás podríamos empezar a hablar de un Albacete como Dios manda, y que transmitiera el mensaje hacia el exterior, y no vamos a pedir peras al olmo, que también llegado el caso sería exigirlas, que para eso cobran y bien unos buenos suculentos y abundantes sueldos (a costa de nuestro bolsillo), conservando esas manos blancas sedosas como la cera, de no haber pegado un palo al agua en su vida. Y todo empieza por “esas pequeñas cosas” a que se refiere el poeta y cantautor Joan Manuel Serrat, tales como, por ejemplo, mantener en buen estado, limpieza y pulcritud la ciudad y, especialmente, una plaza emblemática de la misma, cual es la Plaza de la Virgen de los Llanos, patrona de la Ciudad , y, a la vez, del patrón, San Juan Evangelista, pues no en vano, recae a la misma parte de la Santa Iglesia Catedral de Albacete, en la que la desidia, el abandono, la dejadez y el descuido, y la inmundicia (¿qué pensarán los presuntos turistas que nos visitan?) campan por sus respetos, ante la impasibilidad de nuestra autoridad competente (léase, Alcaldía, o será mejor decir, Medio-Alcalde, al repartirse este cargo a medias entre PSOE y Ciudadanos, en un reparto de cromos vergonzoso que revelan las ansias de poder y de figurar de ciertos personajillos, que, en realidad, no valen ni para recolectar cebollinos), presentando la misma ese aspecto de desaliño impropio en una Ciudad que se precia de tal, haciendo la vista gorda ante las devastadoras hordas de vándalos y gamberros, que no hacen sino definir a esos gobernantes, a los cuales se la trae floja el estado de la Plaza de la Patrona y del Patrón de la Ciudad, pero que luego sí se envuelven, aunque sean “descreyentes”, en la bandera de los mismos y, en su caso, se pegan hostias por transportar la imagen de la Virgencica de los Llanos a su Oratorio o Capilla en el recinto Ferial. Y hablo de esos grafiteros y esos monopatinadores, que incumplen todas las leyes de urbanidad y de la Ordenanza Cívica y que parece que sus andanzas les traen al pairo a quienes por Ley están en su obligación de controlar esos actos aberrantes, pareciendo convertirse en cómplices directos de los mismos, sin olvidar a la Policía Local (que debiera saber o sabe quiénes son, y que parecen refocilarse en el “Laisser Faire, Laisser Passer”), y que teniendo en cuenta la amplia plantilla que se halla en nómina, no deberíamos dar dos pasos seguidos sin habernos cruzado con alguno de ellos ejerciendo su profesión, pero parecen estar más tranquilos en el cuartelillo, donde gozan de gimnasio y de aire acondicionado y el ciudadano que se busque la vida. Desde luego, si es cierto que se han inaugurado, sin licencia (al estilo Sánchez, incumpliendo la Ley quienes están obligados a observarla y hacerla cumplir a los ciudadanos), el mamotreto de la Fiesta del Árbol y el tugurio del Altozano, por nuestros Medio Ediles, no es para que nos extrañe que estemos condenados a ser unos mediocres y unos don-nadies.

Y si, en el Pleno de julio del Ayuntamiento, se planteó repensar la estrategia turística de la ciudad, ¡faena tienen!, porque sigue vigente, desgraciadamente y aunque duela, el dicho “Albacete, cágate y vete” y no parece que existan cerebros capaces de enmendar la plana y revertir dicho dicho, valga la redundancia.

MIGUEL ÁNGEL VICENTE MARTÍNEZ

4 de agosto de 2.021

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