Trabajo social: Una experiencia de vida

Viernes, 28 Octubre 2016 13:23   Nines Martínez Opinion
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En los cuarenta y cuatro años de ejercicio profesional son tantos los aprendizajes recibidos, que ahora que termina mi vida laboral puedo asegurar haber  recibido más de lo que he dado ,   que la ayuda que he podido prestar ha revertido directamente y con creces a mi propia vida y que lo que soy y tengo se lo debo, sin ninguna duda, al trabajo social.

En todos estos años he tenido la oportunidad de conocer a personas en graves situaciones de crisis personal y/o familiar  sin apoyos ni recursos,  con nulos o  pocos  medios , con importantes carencias culturales, económicas o  sanitarias ; en situación de exclusión , abandono , soledad y rechazo social . De ellos he aprendido y admirado su capacidad de resistencia y de resiliencia.

Recuerdo con nombres y apellidos a niños en situación de riesgo o abandono a lo que hubo que buscar un centro o familia de urgencia; a niños, niñas  y adolescentes tutelados que iniciaron una experiencia de convivencia familiar en pisos tutelados o familias acogedoras o adoptivas ; a mujeres víctimas de malos tratos que tuvieron que salir de su casa casa con más heridas y lesiones que enseres propios; a personas con discapacidad que habían visto truncada su vida por un accidente cualquiera que fuera su origen; a personas mayores enfermas de Alzheimer u otras demencias que tenían que cambiar de casa y entorno familiar para  ser atendidos en residencias o centros de estancias diurnas, a inmigrantes desorientados que intentaban mejorar sus vidas con más ganas que posibilidades….

He trabajado con familias a las que la muerte, el desahucio, la enfermedad mental, las drogas, el paro, la ausencia crónica de ingresos y otras situaciones, han deteriorado la convivencia o roto las relaciones de todos sus miembros llevándoles a la depresión, la ruina, el dolor y la marginalidad.

También he conocido otras familias capaces de soportar y superar las peores situaciones, de mantener la unión y los vínculos al margen de las dificultades, que han sabido encontrar soluciones a graves dificultades, que han sido capaces de cuidar sin horas ni limites a niños, mayores o personas con discapacidad gravemente afectadas y que han organizado con gran sabiduría sus escasos medios y los pocos recursos disponibles.

En numerosas ocasiones he colaborado con otros trabajadores sociales, educadores sociales, psicólogos, abogados, animadores socioculturales, médicos, enfermeras y otros profesionales de los servicios sociales y siempre he encontrado en ellos espíritu de cooperación, ganas de trabajar y buen hacer en pro de la justicia social y los derechos sociales de la ciudadanía.

El trabajo que yo he realizado me ha ofrecido la posibilidad de conocer al movimiento asociativo de cerca y en él, a todas esas personas idealistas, reivindicativas, constantes y convencidas de su tarea que día a día insisten a diestro y siniestro para conseguir medios que mejoren la calidad de vida de las personas a las que representan.

También he conocido a responsables de centros y servicios que se han esforzado para que sus centros diesen un servicio de calidad a los usuarios. Y políticos de todos los niveles y ámbitos (de consejeros a alcaldes y concejales, pasando por delegados, presidentes de diputaciones, diputados, directores generales etc. etc.) que han trabajado por aumentar presupuestos, agilizar trámites o hacer nuevas leyes para mejorar los niveles de bienestar de la ciudadanía.

Y en este tiempo de ejercicio profesional he asistido y participado en la creación, crecimiento y desarrollo del sistema público de servicios sociales. Lamentablemente también he sido testigo del desmantelamiento, empobrecimiento y reducción de este sistema del que se ha podido comprobar como su juventud, dispersión organizativa, conceptual y funcional, sus limitaciones presupuestarias ,el frágil asentamiento legal y su escaso peso social son un riesgo tan real como peligroso  a la hora de garantizar y consolidar los  derechos sociales la ciudadanía.

Todos estos años de trabajo social me han enseñado a acompañar sin juzgar, a respetar la autodeterminación de las personas, a individualizar cada caso, cada actuación, cada hombre y cada mujer, cada familia y cada situación. A no ayudar ni intentar cambiar la vida de aquellos que no lo quieren, no lo piden o no lo necesitan y sobre todas las cosas a ser consciente de que el trabajo social está al servicio y disposición de la ciudadanía, sin imponerse ni tomar el mando de la vida de los demás.

El trabajo social me ha dado la posibilidad de “vivir muchas vidas” al acompañar a tantas personas en las situaciones más duras y difíciles; me ha ayudado a comprender las razones de muchas situaciones y circunstancias difíciles de entender “desde fuera” y de todo esto he aprendido a valorar la diversidad, el respeto y la dignidad de las personas como el bien más preciado de su existencia.

Albacete, octubre de 2016

Nines Martinez Martinez. Colegiada nº 6