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¿Quién ganó las elecciones? (I)

Por Miguel Ángel Vicente
miércoles 06 de enero de 2016, 01:43h
Miguel Ángel Vicente
Miguel Ángel Vicente

O, si queremos ser más exactos, la pregunta que habría que hacerse es ¿quién no ganó las elecciones? O, más bien, ¿quién las perdió?.

Y es que, como ya viene siendo tradicional, en la noche electoral todos los representantes de los partidos políticos salieron a la palestra, con mayor o menor euforia, proclamando a los cuatro vientos ser los triunfadores, sin atender al resultado deparado en las urnas.

Ya presumíamos que ante la aparición de dos nuevas fuerzas emergentes en el panorama político nacional, tras los resultados que se dieron en las elecciones europeas y, más claramente, en las pasadas elecciones autonómicas y municipales, en las que, pese a ser la fuerza más votada, el Partido Popular perdió poder a manta y se empezó a fraguar el principio del fin del bipartidismo, PP-PSOE, o PSOE-PP, que tanto da, o tanto monta y monta tanto, Isabel como Fernando, como se decía en el reinado de los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, que la llamada a las elecciones generales del día 20 de Diciembre del pasado año, depararían sorpresas sorprendentes, valga la redundancia, y dejaría a más de uno con la boca abierta o compuesto y sin novio.

Ante los resultados elocuentes de las elecciones autonómicas y municipales de mayo del pasado año, el PP, con su máximo dirigente a la cabeza, Don Mariano Rajoy Brey, viendo las barbas de sus vecinos recortar, pusieron las suyas a remojar, y ante la pérdida de las mayorías absolutas aplastantes que consiguiera en las mismas elecciones del año 2.011, y las nuevas coaliciones de lo que ellos llaman, despectivamente, “de perdedores”, como si en democracia no fueran dos más dos cuatro y tratando de sacarse de la manga o de la chistera un conejo o una paloma, empezó a tejer y urdir esa teoría de que “debe gobernar la lista más votada” independientemente de que alcanzara mayoría absoluta o no, hasta el punto de que pergeñaba cambiar la Ley Electoral a fin de que, por arte de birlibirloque y porque lo ordeno y mando, a esa lista más votada, pero en minoría, le tocaría el gordo de la primitiva y se le daría virtualmente una mayoría absoluta de la que no disponía a fin de poder garantizar la gobernabilidad de las autonomías y de los municipios. Olvida el PP, en este punto, la esencia de la democracia, cual es la del diálogo y el pacto, porque la lista más votada no representa sino a una porción de los electores y, consiguientemente, de los ciudadanos, de este país, aún hoy, a duras penas, llamado España, olvidando la aritmética, a su conveniencia, como si sacando el PP tres concejales y otras dos formaciones cualesquiera, cada una dos, la suma de éstas nos daría el resultado de cuatro, que, en definitiva, son más que tres y que obtendrían de esta manera la mayoría absoluta para poder gobernar, con tanta legitimidad, estabilidad y acierto, o más, como podría hacerlo esa lista más votada o la de un solo partido que alcanzara la mayoría absoluta; lo contrario sería despreciar el juego de la verdadera naturaleza de la democracia y buscar ataduras y excusas de mal perdedor, para perpetuarse en el poder a fin de gobernar bajo la “auctoritas” y “manu militari”, relegando siempre a la oposición a un mero papel de espectador y, lo que es peor, de sufridor de las consecuencias nefastas, que suelen derivarse en los casos de las mayorías absolutas, que acaban gobernando “absolutamente” sin escuchar ni dar opción a la oposición, que, en muchos casos, en su conjunto, representa a una mayor cantidad de ciudadanos que los que gobiernan, hurtando el debate, el diálogo y el pacto, que ya no serían necesarios, ni para qué, y a la prueba, por ser muy explícita, me remito a la forma en que el Partido Popular ha llevado a cabo su acción de Gobierno, ese gobierno que tanta preocupación les embarga y preocupa, mediante una apisonadora, y lo prueba, aún más palpablemente, el hecho de que el Gobierno de España del Sr. Rajoy, haya batido el récord Guinness en cuanto al uso y abuso del Decreto-Ley, una forma permitida por la Constitución Española, en su artículo 86, que lo prevé como excepción y sólo y exclusivamente para “en caso de extraordinaria y urgente necesidad”, convirtiendo el PP esta excepción en la regla general, y hurtando al Congreso de los Diputados el debate, la discusión y el contraste de opiniones y pareceres.

Pues bien, ante el panorama y la experiencia vivida en las citadas previas elecciones (europeas y autonómicas y municipales), con mayor ahínco y obsesión el Sr. Rajoy, por sí mismo y a través de sus vocingleros de turno, puso en marcha la teoría de que debería siempre gobernar la lista más votada, aunque no alcanzara la mayoría absoluta, con el único objetivo de salvar el culo, pues las encuestas le relegaban, sí, a ser la fuerza más votada, pero con escasas o ninguna posibilidad de alcanzar esa mayoría absoluta tan anhelada y a la que los populares le habían tomado el gusto y dando por hecho, tal como en más de una ocasión la Secretaria General del PP, María Dolores de Cospedal, ha venido poniendo de manifiesto, que o “el PP, o la nada”, es decir, si no gobierna el PP, sobrevendría el caos, convirtiendo a España en un solar, como si no la hubieran dejado ya de tal guisa quienes han venido enarbolando la bandera de la excelencia y la transparencia (sepulcros blanqueados por fuera y por dentro llenos de hipocresía y de iniquidad, San Mateo, capítulo 23, versículos 27-28). Por ello, tras denostar en la precampaña y en la campaña electorales, tanto al PSOE de Pedro Sánchez, como al Ciudadanos, de Albert Rivera, amén de al Podemos, de Pablo Iglesias, ahora, a la vista de los resultados que han deparado las urnas, el Sr. Don Mariano Rajoy Brey, a la sazón Presidente en funciones del Gobierno de España, y ante la posibilidad de verse desahuciado de La Moncloa, ha olvidado sus prejuicios y con tal de agarrarse al poder, como quien se agarra a un clavo ardiendo, tiende la mano a esas dos fuerzas políticas, PSOE y Ciudadanos, en busca de un frente constitucionalista, que le saque las castañas del fuego y le sirva de salvavidas, y que frene e impida que el Gobierno derive hacia una coalición de izquierdas, dejándole con el culo al aire y acabar con que el mismo siga calentando el escaño de color azul, que en el Congreso de los Diputados se reserva a los miembros del Gobierno. ¡A buenas horas, mangas verdes!, prometiendo un Gobierno estable que, en cualquier caso, dejaría mucho que desear, ante la costumbre ya inveterada del PP del “ordeno y mando” y su aversión al debate y al diálogo.

Desde luego, las caras del Presidente y de quienes se asomaron al balcón de Génova la noche del 20 de Diciembre, especialmente, la de Esperanza Aguirre, pese a haber sido el partido más votado, no disimulaban, aunque lo esperaban, la hecatombe sufrida por el Partido en esta nueva cita electoral y sin que, como no podía ser de otra manera, se produjese el milagro que todos, en su fuero interno, deseaban, de dar un vuelco a las encuestas y acabar por arrasar, lo que no se produjo, gracias a Dios. Sí, victoria al fin y al cabo, pero una victoria, acaso, la más amarga en la historia del Partido Popular, o lo que es lo mismo, una victoria con sabor a derrota, muy lejos de lograr una mayoría para gobernar, lo que intentará, por activa y por pasiva, con el manido argumento de que siempre ha gobernado la lista más votada, como si fuera una tradición inveterada que hubiera de mantener contra viento y marea: cabría hacerse la misma pregunta  ¿de haber sido la lista más votada la del PSOE y sumar el PP, con Ciudadanos, pongo por caso, una mayoría absoluta, el PP hubiera entrado en la coalición?. Mas esto es el futurible, del que Don Mariano huye como gato escaldado por el agua.

MIGUEL ÁNGEL VICENTE MARTÍNEZ

6 de ENERO DE 2.016

 

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